Suicidio de una vida no vivida
Carlos tiene treinta y nueve años, es profesor de historia en la Ciudad de México y vive atrapado en un ciclo de autodestrucción silenciosa: Clonazepam, cerveza, un departamento en ruinas y una ventana rota que se niega a reparar. Una madrugada, tras ocho años de silencio, su tío Fausto — el exiliado argentino que lo crió cuando sus padres murieron en un incendio — lo llama para decirle que se está muriendo de cáncer de páncreas. Le pide dos cosas: recuperar una caja escondida en la vieja hacienda familiar en Tenango de Doria, Hidalgo, y convertirse en tutor legal de sus hijas gemelas de nueve años. Carlos deberá decidir si es capaz de hacerse cargo de dos vidas cuando no ha logrado sostener la suya.
Carlos tiene treinta y nueve años y da clases de historia en una universidad de la Ciudad de México. Enseña a sus alumnos que los seres humanos construyen su realidad con las narrativas que eligen habitar, pero él no habita ninguna. Su departamento en Coyoacán es un reflejo exacto de su vida interior: platos sucios, botellas vacías, una ventana rota cubierta con plástico negro que deja entrar el frío y el ruido de la calle. Cada noche es la misma: Clonazepam disuelto en cerveza, el cuerpo hundido en un sillón, la televisión encendida sin sonido. Carlos no está muriendo, pero tampoco está vivo. No tiene amigos cercanos — solo Laura, una colega que ya perdió la paciencia con él —, no tiene proyectos, no tiene hambre de nada. Lo único que lo mantiene de pie es la inercia de una rutina que ni siquiera le pertenece.
Una madrugada, a las 3:12, suena el teléfono. Es Fausto, su tío argentino de setenta años, la única figura paterna que Carlos ha conocido. Fausto lo crió desde los nueve años, cuando sus padres — Fernando y Lucía — murieron en el incendio de la hacienda familiar en Tenango de Doria, en la sierra de Hidalgo. Han pasado ocho años sin que se hablen. La voz de Fausto suena distinta: pausada, sin la ironía que siempre lo protegió. Le dice que tiene cáncer de páncreas, que no queda mucho tiempo. Y le pide dos cosas. La primera: ir a la hacienda abandonada y recuperar una caja escondida detrás de un cuadro de un lobo. La segunda, más difícil: aceptar la tutela legal de Fernanda y Lucía, sus hijas gemelas de nueve años. Carlos escucha en silencio. No dice que sí, pero tampoco cuelga. A la mañana siguiente, por primera vez en años, repara la ventana rota de su departamento. Después empaca una maleta y conduce hacia la sierra.
La hacienda es una ruina. La casa principal no tiene techo; el cielo se ve donde alguna vez hubo vigas. Carlos camina entre los restos de su infancia: las marcas de crecimiento en un marco de puerta, los azulejos desprendidos de la cocina, las iniciales "L & F" grabadas en un portarretratos que ya no tiene fotografía. Al fondo del terreno, separada de la casa por un sendero de piedras, está la casita donde vivía Fausto. A diferencia de la casa principal, está intacta, preservada como un relicario. Carlos encuentra la caja: documentos legales, planos para un pequeño hotel en Mahahual — un pueblo del Caribe mexicano —, fotografías antiguas, y una carta sellada con tres palabras: "Para Carlos. Cuando sea el momento."
Mientras Carlos recorre la hacienda, la película se abre hacia el pasado. Vemos la infancia de Carlitos con Fausto: las lecciones de natación, las partidas de ajedrez interminables, los primeros días de escuela donde un niño lo ataca y Fausto se arrodilla frente a él para decirle que hay batallas que no se ganan con los puños. Vemos también la adolescencia: Carlos a los dieciocho años junto a su mejor amigo Alejandro y a Maura, la primera chica que lo miró sin lástima. Maura es precisa, magnética, incapaz de mentir. Con ella y Alejandro, Carlos descubre que el mundo puede ser algo más que un lugar donde sobrevivir. Los tres viajan a San José del Pacífico, en la sierra oaxaqueña, donde una mujer serbia llamada Glasha los guía en una ceremonia con hongos. Esa noche, Carlos ve cosas que no puede nombrar. Días después, en la playa de Mazunte, Maura entra al mar y no regresa. Carlos intenta sacarla. No puede. Alejandro deja de hablar. Los tres se rompen en dos, y los que quedan ya no son los que eran.
Carlos abre la carta de Fausto. Lo que lee reconfigura toda su historia: "Tu madre y yo nos quisimos antes de que ella conociera a tu padre." De pronto, las piezas que nunca encajaron se acomodan con violencia. Las iniciales en el portarretratos. Las miradas entre Fausto y su madre junto al fuego. La razón por la que Fausto nunca se fue de la hacienda. Carlos destruye la casita en un acceso de furia, arranca los planos del hotel, intenta quemar los documentos bajo la lluvia. No lo logra. Pasa la noche empapado bajo un ahuehuete milenario, abrazado a las raíces del árbol más viejo que todo lo que le duele.
De regreso en la Ciudad de México, la vida le exige respuestas que no tiene. Isabel, su novia de veinticuatro años — chilena, directa, sin paciencia para la ambigüedad —, ha recibido una oferta de trabajo en Santiago. Le da un ultimátum que Carlos no puede responder. En el hospital, Fausto le pide perdón entre tubos y monitores. Carlos, de pie junto a la cama, contesta algo que no es perdón pero tampoco es condena: "Tú me criaste. Lo que importa es lo que sigue." Pero lo que sigue es lo que Carlos no sabe hacer: decidir.
La crisis llega de noche, en su departamento, con el silencio del que ya tomó una decisión que no quiere nombrar. Carlos vierte Clonazepam en una botella de Powerade. El líquido adquiere un color que no debería tener. En ese instante suena el teléfono. Es Fernanda, una de las gemelas, con la voz de una niña que todavía cree que los adultos pueden arreglar las cosas: "Lucía tuvo una pesadilla. ¿Le puedes contar un cuento?" Carlos mira la botella. Mira el teléfono. Y empieza a contar la historia de un lobo que le tenía miedo al fuego.
Fausto muere. Carlos queda solo con una caja de documentos, los planos de un hotel que nunca existió, dos niñas que necesitan un padre, y la pregunta que la película le ha hecho desde el principio: ¿es posible construir una vida con los restos de otra? ¿Se puede habitar una historia que no elegiste? Carlos tiene treinta y nueve años — la misma edad que tenía Fausto cuando se arrodilló frente a un niño que no era su hijo y decidió quedarse. Lo que Carlos haga con esa simetría es lo que queda por verse.