Un cuento para quien teme acercarse a lo que arde
Había un lobo. No importa dónde, pues todos los lugares lejanos terminan pareciéndose a la soledad, y la soledad siempre ha sido el mismo sitio.
Le tenían miedo. Todos. Pero él temblaba cada vez que una llama aparecía entre las sombras, como si el fuego fuera un espejo que le devolviera algo que no quería ver. ¿Cuántas noches caben en tus párpados pequeño solitario?
Una noche, porque siempre es de noche cuando las cosas importantes suceden, cuando el pasado deja de ser pasado y se convierte en camino, encontró un sendero que no conocía. Y al fondo, una fogata. Alguien la había dejado encendida, como quien deja una pregunta sin respuesta, como quien abandona una oración a la mitad.
Con miedo, temblando, se acercó.
Y cada paso le arrancaba algo. No era el miedo lo que perdía, era esa capa de sí mismo que durante años había confundido con su piel. Cada paso lo desnudaba un poco más.
No huyó.
Se sentó frente al fuego como quien se sienta frente a lo innombrable sin saber rezar. Y lo miró. Miró eso que toda su vida lo había aterrado, y descubrió que el fuego no quería quemarlo. El fuego solo quería que alguien se sentara junto a él... que alguien lo acompañara mientras se consumía. Porque el fuego también muere, y tal vez también tiene miedo de morir solo.
Entonces el lobo se acercó más y sintió cómo le quitaba el frío. No el frío del bosque. Ese otro frío. El que se instala detrás del reflejo, el que las noches dejan como residuo cuando ya no queda nada que soñar.
Pasó la noche viéndolo extinguirse. Viendo cómo las llamas se convertían en brasas incandescentes, cómo lo luminoso se iba volviendo oscuro, cómo lo que ardía se resignaba a ser ceniza. Y no sintió tristeza. Sintió algo que no se atrevería a nombrar, porque nombrar las cosas a veces las desvanece.
Se quedó dormido.
Cuando despertó ya solo había cenizas. Y el bosque era otra vez bosque. Y la noche había cedido ante un amanecer que no pedía nada.
Pero el lobo ya no era el mismo lobo. Algo se había quemado dentro de él, algo que necesitaba quemarse. La Luz, esa creatura cotidiana que nos separa de la nada, le había tocado la frente mientras dormía.
Y por primera vez no le tuvo miedo a nada.
Ni siquiera a la nada.