El pasto crece alto, empapado. El rocío de la mañana cuelga en cada brizna como pequeñas lunas. Sobre ese tapete húmedo yace un niño inmóvil.
CARLOS, nueve años, boca arriba. La llovizna le cubre el rostro con un velo delgado, casi tierno. Un perro viejo y malherido — grande, sin raza definida — le lame la cara, el cuello, los brazos. Insiste.
El niño abre los ojos muy despacio.
El crujir de madera que se consume llega desde algún lugar invisible. Después, el ruido de un vehículo que se aproxima.
Carlos intenta levantarse y no puede. El dolor en el pecho lo clava al suelo. Se queda mirando el cielo: nubes que pasan sin prisa, ajenas a todo.
FAUSTO (40 años) entra en el campo de visión del niño desde arriba, como si cayera del cielo. Lo levanta. Lo carga.
Carlitos, empapado, tiembla contra el pecho ancho de su tío.
El Pacífico en su versión violenta: olas como bestias que se abalanzan, espuma blanca que estrella, rugido que lo llena todo.
CARLOS, dieciocho años, nada entre ese caos. No nada bien: nada con desesperación, con furia, los brazos golpeando el agua como si quisiera castigarla. Las olas lo cubren. Lo escupen. Él vuelve a meterse.
Traga agua. Tose. No se detiene.
Las nubes se arremolinan oscuras sobre él. Nada hacia algo que la cámara no nos permite ver. Nada como si la vida dependiera de llegar.
O como si dependiera de no llegar nunca.
Calma absoluta. Una terraza con vista al mar. Mesas de madera, el olor a café.
CARLOS, treinta y nueve años, sentado. Observa un grupo de surfers que se organizan en el agua con la lógica silenciosa de una manada: se turnan las olas, se cuidan, se ceden el paso. Una camaradería sin palabras.
Carlos enciende un cigarro. La primera calada le produce un gesto de placer profundo — la expresión de alguien que lleva mucho tiempo sin permitirse esto.
Los sonidos del mundo se desvanecen poco a poco: las voces de los surfers, el crujir de las tablas, el murmullo de las olas. Solo queda el humo que sube.
Carlos observa. No participa. Esa es su forma de estar en el mundo.
Un mar turquesa, imposiblemente quieto. La luz de un atardecer que no termina.
CARLOS, setenta y ocho años, camina despacio hacia el agua.
Detrás de él, entre palmeras, una construcción rústica — paredes de madera, techo de palma. Se quita las sandalias con la parsimonia de quien ya no tiene prisa por nada.
Entra al mar.
El agua es tibia. Lo recibe. No hay oleaje: solo una quietud que lo envuelve como si el mar hubiera estado esperando este momento durante décadas.
Carlos flota boca arriba. Brazos extendidos. Ojos al cielo.
El mar lo sostiene sin esfuerzo, como si su cuerpo ya no pesara nada.
No hay miedo. No hay prisa.
Solo el agua. Solo el cielo. Solo el punto exacto donde el tiempo se detiene.
El mar y el cielo se funden en un azul que no tiene nombre.
Todo lo demás — los cuarenta años entre este momento y el primero — se desvanece.
TÍTULO EN PANTALLA: MAHAHUAL
La habitación de alguien que capitula ante sí mismo cada mañana.
Las cortinas pesadas están medio desprendidas de los rieles — una cae en diagonal, la otra cuelga torcida. Por el espacio que dejan entra demasiada luz. En la tela de las cortinas: una mancha enorme de vómito, seca ya, con la textura particular de algo que lleva horas ahí.
CARLOS (39) despierta. Las sábanas lo tienen enredado. Le cuesta mucho trabajo desenredarse de ellas, como si la ropa de cama también resistiera.
El departamento como mapa de una semana que se fue de las manos: cascos de cerveza en el piso y en el sillón, ceniceros desbordados sobre la mesa de la sala, una caja de pizza con algunas sobras que ya tienen otro color.
Carlos, en boxers y una playera vieja con manchas que ya no tienen historia, camina desganado hacia el sillón. Se deja caer sobre él. Emite unos gruñidos. Bosteza. Toma el teléfono y navega por una aplicación para ordenar comida.
Toma un pedazo de pizza. Lo mastica. A los dos bocados, una mueca de dolor agudo — la mano vuela a la quijada. Escupe algo sobre la mesa. Lo mira: un pedazo de muela, blanco y definitivo. Lo observa unos segundos. Lo pone sobre un plato sucio. Mete un dedo en la boca para palpar la cavidad. El dolor lo agobia.
Toma un par de pastillas — CLONAZEPAM, se lee en el frasco — y las baja con un trago de cerveza de una lata ya abierta.
Hay una hoja suelta sobre la mesa. Una lista de pendientes escritos a mano: preparar clase, reparar ventana, ir al dentista. Junto a este último, Carlos escribe ahora en mayúsculas: URGENTE.
Detrás del sillón, la ventana de la sala se pandea con el viento. Una caja de herramientas cerrada yace junto a ella, intacta. Carlos la mira de reojo.
No se levanta.
Se acuesta en el sillón. Se enrolla en una cobija. Cierra los ojos.
El mismo sillón. La misma sala. Horas después.
Carlos duerme. Sus ronquidos son graves, regulares, casi animales. El árbol que enmarca la ventana se agita con el viento de la noche.
De pronto la ventana — que estaba floja desde antes — cae al suelo y se rompe. El ruido despierta a Carlos de golpe. Se incorpora confundido, los ojos sin enfoque. Tarda unos segundos en entender qué pasó. Se levanta a ver. Patea la caja de herramientas sin querer.
Vuelve al sillón.
Suena el celular. La pantalla: 3:12 am. La llamada entrante: TÍO FAUSTO. Carlos lo mira un momento antes de contestar, como si el nombre le costara algo.
Bueno, ¿tío? ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Estoy en la ciudad Carlos, me voy mañana, pero quisiera verte antes de irme. Disculpa la hora.
Carlos se talla el rostro con la mano. Adormilado pero ya con algo despierto que no es el sueño.
Sí sí, está bien, veámonos.
Muy bien, te veo en el café de la iglesia a las 11, ¿puedes?
Ahí te veo, pero puede ser 11:15.
Sí perfecto, dejémoslo 11:30.
Va, nos vemos mañana.
Una pausa. Carlos mira hacia el hueco oscuro donde antes estaba la ventana. El viento entra directo al departamento.
¿Estás bien tío? Han pasado 8 años...
Lo sé Carlos, solo que... en fin, te veo mañana, otra vez disculpa. Buenas noches Carlos.
Ok, hasta mañana, ahí nos vemos.
Carlos cuelga. Se queda sentado en el sillón con el teléfono en la mano, mirando el espacio vacío donde debería haber un cristal. El viento mueve las cortinas sucias. Afuera, el árbol se agita.
No vuelve a dormirse.
Una mesita que da a la plaza de la iglesia. Mañana de Coyoacán — luz suave, pájaros, el adoquín gris.
FAUSTO (70 años) está sentado. El tiempo lo ha tratado con intensidad: el ancho cúmulo de arrugas ennegrecidas alrededor de los ojos, los ojos mismos algo rojizos, como si hubiera dormido poco o llorado hace poco. A su lado, en la misma mesa, FERNANDA y LUCÍA (9 años cada una), dos gemelas idénticas que toman helado con la concentración absoluta de la infancia.
ÁNGEL (32 años), mesero cubano, está parado junto a ellos. Él y Fausto conversan como si se conocieran de siempre, o como si Fausto tuviera ese don de hacer sentir a la gente que la conoce de siempre.
...ya muchos años viviendo acá, había muerto mi padre durante la dictadura en Argentina, tuve que hacerme cargo de mi madre, entonces de vendedor, después fui fotógrafo, después restaurantero, eso ya en México, cuando murió mi madre vine acá con mi hermano y su esposa. Claro, no he parado de hacer cosas.
Y ahora que ya no hago nada, también lo hago bastante bien. Ambos ríen.
Sí... Yo hacía un poco de foto. Tengo una fábrica de refrescos en Cuba, de gaseado. Pero el gobierno es dueño de todo, y pues uno quiere hacer sus cosas, entonces toca a escondidas.
Y si te cachan, ¿a la cárcel?
Pues no a la cárcel, pero te lo quitan y te quitan dinero. Son dueños de todo, está muy difícil la cosa por allá.
Un hombre escandinavo (36 años) se acerca. Cara de turista buscando algo.
DO YOU HAVE COFFEE?
Yeah, we have american coffee, espresso, latte, capuchino...
OK Thanks.
El hombre sigue su camino. Ángel regresa la mirada a Fausto.
Pues sí... no es fácil. No te puedes rendir.
Y hoy ¿a qué hora cierran?
Temprano, a las 6. Bueno, les traigo sus helados, ¿entonces para usted nada?
No gracias, estoy esperando a alguien. ¿Cuál es tu nombre?
Ángel ¿y usted?
Fausto, me llamo Fausto.
Carlos camina por el adoquín de Coyoacán con su portafolio de cuero y un café en la mano. La luz de la mañana es favorable pero él no lo nota.
Entre las mesitas sobre la banqueta de un pequeño restaurante, los ojos de Fausto lo detienen. Esa mirada fija, enmarcada por el cúmulo de arrugas ennegrecidas, algo rojiza — Carlos la reconoce antes de reconocer la cara.
Fernanda y Lucía terminan sus helados en la misma mesa sin advertir nada.
Fausto se levanta. Carlos se acerca. Se quedan parados frente a frente unos segundos: dos figuras que llevan ocho años sin verse y no saben todavía cómo volver a estar en el mismo espacio.
Igualito a tu padre, me da gusto verte Carlos, gracias por venir.
También me da gusto verte.
Fausto le extiende la mano. Carlos lo sorprende con un abrazo fuerte. Después se voltea hacia las gemelas y les dedica una sonrisa enorme.
Qué bárbaro qué chulada de chamacas.
Carlos se acerca a saludarlas. Las niñas se apenan un poco — esa vergüenza específica de los nueve años ante un desconocido que claramente te conoce a ti.
Miren niñas, él es su tío Carlos, el de los sueños raros.
¿Tú eres el cazador de lobos?
Carlos se ríe. Una risa que viene de muy adentro, como un volcán que llevara años esperando por hacer erupción. Cuando termina, afirma con un gesto de ternura sin decir nada.
Lucía le susurra algo a Fernanda. Inaudible.
Pues antes de que ustedes nacieran este señor era como mi papá.
Carlos le da una suave palmada a Fausto en la espalda.
Fernanda y Lucía ríen en complicidad. Fausto las voltea a ver con un gesto sonriente pero de suave desaprobación.
Fausto toma a Carlos del hombro.
Voy a platicar con su tío Carlos en esa mesa.
Fausto señala una mesa algo lejana — perfectamente visible desde donde están las niñas, pero lo suficientemente lejos para hablar.
Se portan bien, nos tardamos poquito.
Las gemelas asienten. Carlos sigue a Fausto. Se sientan.
Carlos deja el portafolio en el suelo y el café sobre la mesa. Los dos suspiran al unísono.
Se miran. Sonríen.
¿Y la mamá?
Fausto suspira profundo. Levanta los hombros. Voltea las manos hacia arriba con un gesto que dice: no sé qué decirte.
Se queda mirando a Carlos con algo de sospecha.
Yyy, no sé, qué te digo.
¿Cómo te enteraste?
Pues, fue hace mucho, está medio raro contarte, el tiempo pasa muy rápido...
Y mientras más llevás por acá, más rápido se pasa. Pero a ver, contáme.
Un día los vi en Tepoz, no me atreví a saludarlos, pero me quedó muy claro.
Ya, sí, íbamos seguido, buenos tiempos aquellos. Y ¿seguís dando clases?
Sí en esas ando tío, historia, obviamente.
Me da gusto, seguro sos un grande.
Pues espero que sí, toda mi vida con eso...
Y en un mes ya 40, ¿cómo te sentís?
Uff mejor no hablemos de eso jaja, un día a la vez, pero sí me está pegando la verdad.
Cuando te conocí estaba por cumplir 40, ¿te acordás?
¡Claro! Mi mamá hizo fogata y choripan. Qué meses tan raros...
Los mejores de mi vida.
Una pausa. Fausto advierte el peso de lo que acaba de decir.
Hasta aquella noche, obviamente...
Bueno, pero dime, ¿qué hacemos aquí tío?
Fausto pone las manos sobre la mesa. Impulsa su cuerpo hacia atrás en la silla. Suspira de una manera que es también una forma de reunir fuerzas.
Pues, ya sabés, un día te despertás, abrís la heladera, sentís algo raro, y meses después te avisan que te estás muriendo.
Carlos se inclina hacia adelante. Pone los brazos sobre la mesa. Toma con sutileza el antebrazo de su tío.
¿Cáncer?
Páncreas. Metástasis, nada que hacer, nada. Me queda poco tiempo Carlos.
Los ojos de Carlos se humedecen. Lo mira con ternura y con algo que se parece al miedo.
¿Y las niñas?
No saben nada, y pues, por eso estamos acá.
Uff, ok, cuéntame tío ¿en qué te puedo ayudar?
Antes. ¿Ya no has ido a la hacienda verdad?
Fui hace como 4 años. Pero sigue siendo súper raro, ¿por?
Lo primero que necesito es que me ayudes con eso, ¿podrías ir... y pasar a mi casita?
Fausto saca de su bolsillo un llavero y se lo entrega a Carlos. Carlos lo toma. Lo mira. Asiente.
¿Te acuerdas del cuadro del lobo? Detrás hay un par de tabiques
flojos. Bueno, ahí vas a encontrar una caja de madera.
Ok, justo ese cuadro. Qué loco, es de los traumas de mi infancia jaja, literal ese cuadro.
Una pausa. Carlos mira hacia algún punto entre la mesa y el pasado.
Y bueno, no hay forma sencilla de pedir esto.
Carlos levanta los ojos hacia Fausto. Fausto los cierra.
Suspira.
Las niñas van a necesitar un tutor.
Carlos lleva la mano al cartílago de la nariz, a la altura de los ojos. Un gesto de concentración o de dolor contenido.
No sé Fausto, esto sí no me lo esperaba. Sí han pasado muchas cosas... No sé tío.
Fausto lo mira con una sonrisa que es ternura pura.
Está bien, lo entiendo.
No, no sé tío. No puedo decidir ahora.
No te preocupes, lo entiendo, ya veré qué hago. ¿Pero con lo de la hacienda sí me ayudás?
Sí, eso sin duda, cuenta con ello.
En la caja están varios documentos legales y una carta para ti.
Carlos asiente. El peso de la información filtrándose despacio, como agua en roca.
Fausto se levanta. Carlos le sigue. Fausto abre los brazos y abraza a Carlos con fuerza — el abrazo de alguien que lleva meses midiendo cuántos abrazos le quedan.
Bueno lo puedo pensar pero...
Fausto lo interrumpe. Lo toma de las dos mejillas. Lo mira directamente a los ojos.
No te preocupes, de verdad lo entiendo. Sería un cambio de vida importante.
Terminan de abrazarse. Carlos tiene los ojos llenos de lágrimas.
Lo siento mucho tío.
Fausto le da una palmada en el hombro y señala con un ademán la mesa de las niñas. Caminan juntos.
Fernanda y Lucía están enfrascadas en su propia conversación — no advierten que se acercan.
Obviamente el cielo, imagínate poder volar.
Sí ya sé, pero en el mar hay millones de animales que ni conocemos.
Sí por eso, qué miedo.
No pero, nadarías rapidísimo. Además podrías ser tipo un tiburón o un delfín.
Fausto carraspea suavemente. Pone las manos en los hombros de las gemelas.
¿En qué andan mis niñas?
Verdad que vivir en el cielo sería lo máximo papi. Fernanda dice que en el mar, pero obvio no.
Obvio es mucho más padre en el mar.
Además mi mamá está en el cielo, ¿verdad pa?
Fausto voltea a ver a Carlos. Levanta las cejas. En esa mirada: todo lo que no puede decirle a sus hijas.
Estas son mis niñas mi querido Carlos.
Fausto se inclina hacia las gemelas y les susurra.
A veces en el cielo y a veces en el mar...
Qué maravilla.
Carlos abraza a Fausto y se acerca a las gemelas para despedirse.
Bueno, me tengo que ir tío. Sobrinas preciosas fue un gusto conocerlas. Oigan y ¿conocen a unos animales que se llaman Puffins y en español les dicen Frailecillos?
Las gemelas ríen en complicidad. La palabra les parece graciosísima.
¿Cómo Muffins?
De chocolate blanco, mmmhh qué rico.
Ustedes búsquenlos.
Carlos se va sonriendo. Las gemelas ya tienen el teléfono de Fausto en la mano, buscando: Puffins / Frailecillos.
Fausto los mira irse — a Carlos alejándose, a sus hijas buscando pájaros raros en la pantalla. Una imagen de todo lo que ama y lo que perderá.
Una habitación de niño. Paredes de adobe. Una ventana pequeña.
CARLOS (9 años) despierta de su siesta. Un haz de luz se filtra por la ventana y se pasea lentamente por el techo y la pared — los faros de un vehículo que llega.
Carlos se asoma. En el patio: FERNANDO (37 años) y FAUSTO (39 años) bajan de una pick-up Silverado de doble cabina y descargan equipaje. Dos figuras muy parecidas entre sí. Dos versiones del mismo molde familiar.
El niño los mira desde arriba sin que lo vean.
Carlos baja las escaleras y los encuentra en la estancia.
Corre a abrazar a su papá, que en ese momento pone el equipaje en el suelo y lo recibe.
Él es tu tío Fausto, va a vivir en la casita abandonada.
Carlos se queda inmóvil mirando a Fausto. Fausto también lo mira. Hay algo en esa mirada — una mezcla de ternura y de algo más pesado, algo que podría ser culpa o podría ser miedo — que el niño no puede descifrar. Fausto le extiende la mano.
Mucho gusto Carlos, tu papá me ha contado mucho de vos. Carlos le da la mano tímidamente.
LUCÍA (33 años), la madre de Carlos, aparece en el marco de la puerta de la cocina secándose las manos con un trapo. Se detiene.
Fausto la ve. Ella lo ve.
El saludo que sigue es demasiado formal para dos personas que se conocen, y demasiado cargado para dos personas que no se quieren.
Fernando no lo nota. Carlitos tampoco.
La cámara sí.
Carlos está parado frente a un grupo de estudiantes universitarios. En medio de su cátedra. Bebe un sorbo de café y hace un gesto de satisfacción que contrasta con todo lo que hemos visto de él fuera de este espacio.
Aquí Carlos existe de otra manera.
Y lo más importante, no me crean nada de lo que les digo.
Se detiene. Observa la reacción de los estudiantes.
Pero no desde el cinismo, o el escepticismo. Simplemente no crean nada en primera instancia, vayan y armen sus propios universos y construyan su versión de la realidad.
Da unos pasos frente a los alumnos. Toma un plumón. Se acerca al pizarrón.
No es broma, esto es lo más importante de la clase.
Dibuja dos círculos separados el uno del otro.
Esta es la ficción, todo lo que creemos y creamos. Esta es la tierra de los mitos. Señala el otro círculo.
Acá está lo real, lo cual es inaccesible, pero suponemos y damos por sentado que ahí está, nos sentimos tranquilos creyendo que sabemos distinguir entre lo real y lo ficticio ¿no? Pero piensen en un
gato, por ejemplo. Nosotros nos sentimos tranquilos de decirle "Gato", y eso ya nos dice que es un felino de 4 patas, semi doméstico, peludo, con bigotes, etc. Y sí, es eso, pero también mucho más que eso... Para Luis Buñuel un gato era el misterio en estado puro, y ¿para ustedes?
Ahora dibuja un círculo que contiene a los dos anteriores.
Esto es la historia, la creación de narrativas que toman elementos de ficción y supuesta realidad. Es importante que seamos conscientes de esto, incluso si los historiadores no lo son o no quieren serlo. Crear es más importante que creer.
DIEGO (19 años) levanta la mano. Carlos lo señala.
¿Y entonces a quién le creemos? O más bien, ¿qué podemos creer?
Carlos reflexiona. Se frota la barba con la mano derecha.
Advierte un dolor en la muela — la misma, siempre la misma.
(mientras se toma la mejilla) Lo que ustedes quieran, y ya se la saben, a mi no me crean.
Algunos alumnos ríen. Diego voltea a ver a un compañero con rostro escéptico.
Pff qué mamada. Carlos cambia el gesto. Duro y directo.
No te escuché bien, ¿Diego verdad?, ¿puedes repetir lo que dijiste?
La clase se tensa. Algunos voltean a ver a Diego. Otros miran fijamente al maestro. Diego sostiene la mirada.
Sí, Diego. No, nada, no dije nada.
Los gestos de los alumnos: tensión, expectativa, algunos cinismos.
¡Perfecto!, acá un ejemplo ideal: de todos nosotros, cada uno puede construir su propia historia sobre lo que acaba de pasar. La primera pregunta es si Diego dijo algo o no dijo nada, si alguien más lo escuchó, puede interpretar distintas cosas dependiendo de su percepción sobre Diego, sobre mí y sobre la situación. La realidad no es accesible, es una creación. ¿Sí se entiende?
Pero es un hecho que sí dije algo, esa es una realidad indiscutible ¿no? Más bien es un tema de interpretación.
Carlos abre la boca para responder. Algo en la cara de Diego lo detiene. Lo mira de nuevo, esta vez más despacio.
Claro, y de intención. Si niegas que dijiste algo, los que no te escucharon tal vez te crean, los demás tal vez sean cómplices. Una buena pregunta podría ser ¿Qué tan consciente eres de lo que te hizo decir lo que dijiste? Diego asiente. Pero no suelta.
Y usted, ¿le cree más a alguien que vivió algo de lo que habla? ¿O da igual?
Silencio en el aula. Carlos lo mira. Ve algo en ese chico que lo descoloca — algo que no esperaba encontrar en un alumno de diecinueve años.
(con honestidad involuntaria)
Depende de qué hiciste con lo que viviste.
La clase termina. Los alumnos recogen sus cosas. Diego se queda un segundo de más mirando a Carlos, luego se pone los audífonos y sale sin decir nada más.
Una mesa. Dos cafés. Carlos y LAURA (42 años) de frente.
No te puedes enganchar así con estos chavos.
Ya sé caray, pero no estuvo tan grave, la neta la manejé bien. Carlos le sonríe con cierta autosatisfacción.
O ¿tú qué hubieras hecho?
Te encanta "Chero", no te hagas güey. Carlos sigue sonriendo. Le guiña un ojo.
Ese Diego no sabe en la que se está metiendo...
Laura lo ve con un gesto de ligera desaprobación.
Bueno, pero lo que me ibas a contar es lo de tu tío, ¿qué onda con eso?
Ahh sí, pues te digo, a las 3 de la mañana me habló, llevaba años de no verlo, como 8 años, y no sé...
Espera, ¿y lo de las gemelas? ¿Qué le dijiste?
Pues qué le iba a decir, que no sé, que lo voy a pensar.
¿Qué tienes que pensar, Chero? Es cuidar a dos niñas, no comprar un coche.
¡Justo por eso!
Bueno, ¿pero te puedo decir algo? no vayas a la hacienda nada más por los papeles, ¿eh? Ve por ti. Porque no puedes dar cátedra sobre construir realidades cuando la tuya es un desastre wey.
Carlos deja de sonreír. La frase aterriza donde necesita aterrizar.
Ya me tengo que ir mi Lau, te cuento mañana, o chance te hablo al rato ¿va?
Se levanta. Le da un beso en la mejilla. Antes de irse, regresa su rostro cerca del de ella.
Y nada más una cosa, este caos es por lo que puedo dar estas clases, pero no es elección Lau, es condena.
Carlos se retira. Laura se queda ensimismada con lo que acaba de escuchar. De pronto reacciona.
Oye me saludas a Isa, ¿cómo vas con eso?
Bien, vamos bien, pero creo que ella sí va por la buena, y pues, ya me conoces...
(casi hablando consigo misma) Esa sí no supo en la que se metió.
El timbre suena. La puerta del cuarto de Carlos se abre y él sale en playera y boxers, camina descalzo hasta la puerta de entrada.
ISABEL (24 años) entra. Pelo negro, cuerpo delgado, cara atractiva. Viene cargando dos cafés y una bolsa de cartón. Le da a Carlos un beso apasionado y deja todo lo que carga sobre una mesita junto a la entrada — el gesto de alguien que conoce bien este espacio y lo habita con naturalidad.
¿Qué tal tu día amor? ¿Ya se te pasó la crudita?
Bien, ya nada más lo de la pinche muela. ¿Cigarrito en la terraza?
¿Y un whisky?
La ciudad desde arriba. La copa del árbol que se agita con el viento.
Carlos e Isabel recargados sobre el barandal, fumando y bebiendo whisky. La luz del atardecer los hace parecer más tranquilos de lo que están.
Y entonces ¿para qué te quería ver?
Pues, es una historia larga.
Hay tiempo guapo.
No sé qué tanto te he contado de mi tío.
Muy poco, casi no me has contado nada de tu infancia de hecho.
Carlos intenta encender un cigarro. El encendedor le falla.
Un silencio incómodo mientras Isabel espera. Varios intentos.
Por fin lo prende. Voltea a verla con mucha calma.
Ni tú a mí guapa.
Claro que sí. Pero bueno, o sea sé un poco de lo de tus papás y que viviste con tu tío.
Pues básicamente eso.
Ok.
Ohh ya te enojaste.
Pues, no sé, se me hace raro, nada más.
Carlos le da un trago largo al whisky. Mira la ciudad. Decide soltar algo.
Se está muriendo, Isa. Cáncer de páncreas. Le quedan semanas. Y tiene dos hijas gemelas de nueve años que se van a quedar solas.
Isabel deja el cigarro en el cenicero. Lo mira.
¿Y te pidió que tú...?
Sí.
¿Y qué le dijiste?
Que no sé. Silencio. El viento. El árbol.
Isabel procesa. Cuando habla, su calma es más decisión que estado de ánimo.
Bueno, ya que estamos hablando de cosas que no nos contamos... Me ofrecieron un puesto en Santiago. En la Universidad Católica. Es bueno. Tengo dos semanas para decidir. Carlos la mira. No esperaba eso.
¿Cuándo te enteraste?
Hace diez días.
Diez días y no me habías dicho.
Pues tú llevas dos años sin contarme casi nada. Qué tiempos ehh, creo que nos están obligando a decidir cosas...
Carlos no responde. El silencio dice todo. Isabel apaga el cigarro. Termina el whisky. Mira el árbol.
Entran al departamento. Carlos mira la ventana rota. La caja de herramientas sigue cerrada junto a ella.
Una fogata. El jardín de la hacienda en la oscuridad de la noche.
FAUSTO (39), FERNANDO (37), CARLOS NIÑO (9) y LUCÍA (33) sentados alrededor del fuego. Cada uno sostiene un palo con una salchicha ensartada. Las llamas danzan.
Carlitos observa el fuego prácticamente hipnotizado. Sus padres y su tío hablan entre ellos.
El dolor de todo un pueblo Fernando, todos los desaparecidos, el terror, claro que entiendo a los que se fueron, pero alguien tenía que proteger lo que quedaba.
Un silencio incómodo flota entre los adultos. Carlitos no lo nota o lo nota y no sabe qué es.
Unos cuidamos lo que otros abandonan.
Lucía se levanta súbitamente. Toma cuatro platos y cuatro panes y los reparte.
Gracias amor.
¡Qué rico! ¿Hiciste chimichurri ma?
Sí, ahorita se las paso.
Muchas gracias Lucía.
Teníamos que salir de ahí, lo sabes bien.
Pues sí, y yo tenía que quedarme.
Lucía aparece con un pastel y una vela encendida. Fausto la voltea a ver antes de que Fernando y Carlitos se den cuenta.
Se miran fijamente por un par de segundos. Hay algo en esa mirada que no es fraternal ni casual. Es el peso de algo que existió antes. Algo que nunca desapareció del todo.
Ella rompe la tensión cantando.
¡Ay! que noche tan preciosa, es la noche de tu día, todo lleno de alegría en esta fecha natal. Fernando y Carlitos se unen.
Tus más íntimos amigos esta noche te acompañan, te acompañan y desean un mundo de felicidad.
Fausto, conmovido, agradece con un gesto parsimonioso. Toma el pastel entero y le da una mordida directa. Carlitos estalla de risa — la cara de su tío cubierta de pastel.
(mientras limpia el pastel de su cara) Oigan, ante todo, quiero agradecerles esta cálida recepción. No nos veíamos hace varios años, y sí, la vida se puso difícil, pero estas semanas me han hecho sentir bienvenido y eso creí que ya no me pasaría.
Esta es tu casa hermano, aquí la vida pasa tranquila y el pasado en el pasado ¿no?
Te agradezco Fer, aunque para mí el pasado sigue muy presente. No es tan fácil.
Bueno bueno, brindo mejor por un futuro de muchas bendiciones para esta familia que vuelve a estar unida. Brindan. Las llamas danzan entre ellos.
Carlitos se queda dormido recargado en el hombro de su padre.
Fausto mira el fuego. Lucía recoge los platos. Fernando acomoda a Carlitos en su regazo.
Pero Fausto y Lucía se miran una última vez sobre las llamas.
Fernando tiene los ojos en el fuego. Bebe de su vaso. No sabemos si vio o no vio.
La cámara no nos dice. Esa duda es suya.
El departamento con la luz del atardecer entrando por el hueco donde debería haber una ventana. Las cortinas sucias se mueven con el viento. Isabel ya se fue. Carlos está solo.
Mira la ventana rota. Mira la caja de herramientas cerrada junto a ella. Lleva ahí desde el principio del acto y no la ha abierto.
Se levanta.
Abre la caja.
Saca un desarmador, tornillos, un pedazo de madera contrachapada que alguien dejó ahí hace meses. No es una reparación elegante. Es un parche. Lo sabe.
El primer tornillo se cae. Carlos maldice en voz baja. El segundo entra chueco. Lo saca. Lo vuelve a intentar. El tercero entra derecho.
Tarda. Es torpe. Suda. Pero la madera queda fija sobre el hueco.
El viento ya no entra. Las cortinas dejan de moverse.
Carlos mira su trabajo. Es feo, imperfecto, provisional.
Pero funciona.
Se queda parado frente a la ventana reparada. Detrás de él, sobre la mesa, la hoja de pendientes.
Toma un plumón. Tacha la palabra VENTANA.
Va al armario. Saca una mochila. Mete ropa sin fijarse qué ropa mete. Toma las llaves de Fausto del llavero junto a la puerta. Las sopesa en la mano un momento.
Saca el teléfono. Escribe un mensaje a Isabel: "Voy a la hacienda. Cuando vuelva hablamos. De todo."
El pulgar se detiene sobre enviar.
Lo envía.
Sale del departamento con la mochila al hombro. La puerta se cierra.
La cámara se queda en la sala vacía: la ventana reparada con su parche de madera, las cortinas inmóviles, la lista de pendientes con HACIENDA subrayado, y la caja de herramientas abierta en el piso.
La carretera se transforma. Primero los edificios de la periferia, luego las gasolineras con sus banderas de colores desteñidos, después los puestos de carnitas al borde del asfalto con su humo blanco y dulce. La vegetación crece a los costados hasta que los árboles forman un túnel y la Ciudad de México desaparece como un sueño que se olvida al despertar.
Carlos baja la ventanilla. El aire entra de golpe. Huele a tierra mojada, a pino, a algo que no tiene nombre en la ciudad.
Un pueblo sin nombre. Una plaza con un árbol enorme y una iglesia de fachada agrietada. Carlos estaciona, baja del auto, se estira como quien lleva años encogido. Entra a una tienda de abarrotes de paredes azules. Toma agua, cacahuates, y casi sin pensar, una botella de mezcal artesanal. La mira en su mano. La pone en el mostrador. Una señora de mandil florido la cobra sin mirarlo. Carlos la mete a la mochila.
Afuera, un niño de ocho años persigue una gallina por la banqueta con una seriedad absoluta, como si el orden del mundo dependiera de atraparla. La gallina, indiferente a esa cosmología, da media vuelta y empieza a perseguir al niño. El niño se tropieza, cae, se ríe solo tirado en el suelo. La gallina le da dos picotazos y se retira triunfante hacia la sombra de un portal.
Carlos observa todo esto desde el auto. Sonríe. Una sonrisa breve, involuntaria, de alguien que casi había olvidado que puede sentir alegría sin pedirla.
Suena el teléfono. La pantalla dice: ISABEL. Carlos mira la pantalla durante un par de segundos más de lo normal.
Contesta.
Hola.
¿Cómo te sentís?
Es como ir al dentista, pero si el dentista fuera mi infancia. Y tomé
la gran decisión de no traerme el Clona.
Isabel se ríe a medias. Carlos también. El teléfono entre los dos como un hilo delgado.
Manejá con cuidado. Y llamame cuando llegués, ¿sí?
Sí.
Cuelga. Sigue manejando. La carretera se angosta: el asfalto pierde un carril, luego el otro. Los árboles cierran el cielo encima. Carlos mira la botella de mezcal en el asiento del copiloto. La toma. La suelta. La pone en la guantera. Cierra la guantera.
En una encrucijada sin señal, Carlos reduce la velocidad. Sus manos aprietan el volante. Duda. Da vuelta a la derecha de manera impulsiva, como si el cuerpo supiera antes que la mente.
La hacienda ha sido devuelta a la vegetación. Las paredes de piedra cantera están cubiertas de enredaderas que avanzan metódicas, sin prisa, con la confianza de quien sabe que el tiempo está de su lado. El techo de la casa principal se colapsó parcialmente: hay cielo donde debería haber vigas.
Las ventanas son cuencas vacías, oscuras, como ojos de algo que ya no ve hacia afuera sino hacia adentro.
Carlos estaciona el auto y baja despacio. No camina hacia la entrada. Rodea la hacienda por afuera: los pies en el pasto alto, la mano rozando la piedra, como un animal que mide el territorio antes de decidir si es seguro pisar.
Encuentra la fogonera. Las piedras del fogón del cumpleaños de Fausto, del último verano antes del incendio. Cubiertas de musgo verde. Carlos se agacha. Toca los restos con las yemas de los dedos. Treinta años convertidos en sustrato. El musgo está húmedo y frío.
Se sienta en una piedra. Saca la botella de mezcal de la mochila. La abre. Un solo trago. Cierra la botella con el mismo cuidado con que la abrió.
Mira la casita de Fausto al fondo del terreno: pequeña, separada de la casa principal por un tramo de hierba alta. La puerta está cerrada. Las llaves pesan en el bolsillo de Carlos como algo vivo.
El sol baja detrás de los ahuehuetes. La luz se vuelve horizontal, dorada, y luego se apaga. Carlos sigue sentado sobre la piedra de la fogonera. No se mueve. La oscuridad llega a su alrededor como marea.
PRINCIPAL — NOCHE Carlos entra por la puerta principal, que cede con un crujido de bisagras oxidadas. El piso de tierra y baldosa rota. La linterna del teléfono barre las paredes.
Primer cuarto de la izquierda: el cuarto de niño. Los stickers de dinosaurios en la pared, decolorados por treinta años de sol filtrado a través de una ventana sin cristal. Un tiranosaurio verde que fue rojo. Un braquiosaurio que fue azul. Un balón desinflado en la esquina, reducido a una arruga de cuero. Una libreta cuadernillo con dibujos infantiles a lápiz de color: una casa con chimenea y humo en espiral, un perro enorme con orejas de elefante, dos figuras tomadas de la mano bajo un sol con cara.
Carlos toma la libreta. La pasa hoja por hoja con cuidado. Se detiene. Una fogata dibujada en crayón naranja y rojo, cuatro figuras alrededor, las más altas a los costados y las más pequeñas al centro. Una familia que no sabía que estaba a punto de terminar.
Carlos cierra la libreta. La pone en su mochila.
Sigue hacia el interior. El cuarto de los padres. Aquí el techo cedió por completo: la habitación está abierta al cielo nocturno, y las estrellas están donde debería haber un techo.
La ironía de la imagen es perfecta y cruel. El piso tiene manchas oscuras de forma irregular que podrían ser de agua, de tiempo, o de algo que Carlos no va a nombrar.
Un porta-retratos de madera tallada, roto, en el suelo entre escombros. Carlos lo recoge. La foto interior está destruida por la humedad: solo manchas sepia donde había caras. Pero en el marco, grabado con una punta en la madera: L & F — Siempre.
Carlos sostiene el marco un momento. Lo apoya contra la pared rota, como quien pone una flor en una tumba.
Sale de la casa principal. Camina hacia la casita de Fausto.
Saca las llaves.
Otro mundo.
Donde la casa principal es ruina y olvido, la casita de Fausto es cápsula del tiempo. Cada objeto en su lugar. Cada superficie cubierta por una capa pareja de polvo, como si el tiempo hubiera decidido caer con equidad sobre todas las cosas.
Una repisa de madera con libros: Borges (El Aleph, anotado con letra pequeña en los márgenes), Cortázar (Rayuela, con una servilleta como marcapáginas a la mitad), Galeano (Las venas abiertas, el lomo cuarteado de tanto abrirlo). Un mate de calabaza seco y resquebrajado junto a una pava oxidada.
Una silla de madera frente a la ventana, orientada hacia el exterior: alguien que prefería ver el terreno antes que el cuarto.
Y el tablero de ajedrez. Sobre la mesa de la cocina, con una partida inconclusa: las negras en posición de desventaja material, pero con un alfil en diagonal amenazante, apuntando hacia la casilla donde el rey blanco no puede ir. Una advertencia suspendida en el tiempo.
Y el cuadro.
El lobo junto a la cabra.
Carlos lo mira desde la puerta. Lo mira como lo miraba de niño: con ese miedo que ya no es exactamente miedo pero que tampoco es otra cosa, que no tiene nombre adulto todavía. El lobo lo mira de vuelta con sus ojos de pintura y con algo más, algo que Carlos nunca terminó de entender.
Se acerca. El cuadro es de factura modesta, óleo sobre tela, pero la mano que lo pintó sabía lo que hacía: el lobo tiene el peso de lo inevitable, la cabra tiene la quietud de quien ya aceptó. Carlos lo estudia fijamente, como si en los trazos hubiera una respuesta a una pregunta que no supo formular hasta este momento.
Lo descuelga.
Detrás del cuadro: el ladrillo suelto en la pared, exactamente donde Fausto le indicó. Carlos lo saca con cuidado. La cavidad en el muro, oscura y seca. Dentro, envuelta en un trapo de lino: una caja de madera con cierre de latón.
La pone sobre la mesa de la cocina. La abre.
Contenido: documentos legales con sellos notariales y firmas en tinta azul (los papeles de la tutoría de las gemelas).
Los planos del hotel en Mahahual, enrollados y atados con un cordel. Fotos viejas en blanco y negro y color: Fausto joven en Buenos Aires, veintipocos años, frente a un café con toldo de rayas. Fernando y Lucía el día de su boda, ella riendo, él serio con la gravedad de quien no sabe reírse en los momentos importantes. Carlitos de brazos de su madre, él de meses, ella mirando a la cámara con una sonrisa que no es solo felicidad sino algo más complejo, más honesto.
Y un sobre sellado con lacre azul. En el frente, con letra de Fausto: Para Carlos. Cuando sea el momento.
Carlos mira el sobre. Lo sopesa en la palma. No es grueso: dos hojas, quizá tres. El lacre está intacto. Nadie más lo abrió.
Toma los documentos legales. Los revisa uno por uno, con cuidado. Todo está en orden: sellos notariales, firmas de testigos, fechas. Los guarda en la mochila.
Vuelve a mirar el sobre. Lo toma. Lo guarda en el bolsillo interior de la chamarra, contra el pecho, contra el esternón.
No lo abre. Todavía no.
La lámpara de petróleo parpadea sobre la mesa.
La vieja Silverado de Fausto avanza por un camino de terracería entre sacudones y crujidos de carrocería. Los faros de cacería iluminan la nada delante. Las llantas enlodadas levantan tierra roja.
Carlitos, nueve años, va en el asiento del copiloto envuelto en una cobija azul que abraza contra su pecho con las dos manos. Tiembla, aunque no hace frío. Sus ojos van de la ventanilla oscura a Fausto y de vuelta a la ventanilla, buscando algo familiar en el paisaje que no encuentra.
Fausto, treinta y nueve años, maneja con la mirada fija en el camino. La mandíbula apretada. Los nudillos blancos en el volante.
(niño, con la voz pequeña de quien ya sabe que la respuesta no va a ser buena) ¿Qué pasó, tío? ¿Y mis papás?
Ya estamos por llegar. Ahorita descansás. En la casa platicamos.
Carlitos cierra los ojos. Recuesta la cabeza contra la ventanilla fría. La vibración del motor lo arrulla hacia un sueño que no es sueño sino agotamiento.
Una cocina rústica de paredes de cal blanca. Una ventana apenas abierta: el viento mueve una cortina de tela ligera con una cadencia lenta, casi de respiración. La luz entra horizontal y dorada, llena de motas de polvo flotando.
Fausto prepara un mate cocido en la pava: el agua caliente pasando lenta sobre las hierbas en el filtro de tela. Está concentrado en ese ritual menor con la misma atención que pondría en algo sagrado.
Carlitos está recostado y dormido sobre la mesa de madera pesada, aún envuelto en la cobija azul, los brazos cruzados debajo de la mejilla. Respira despacio.
Fausto se sienta junto a él. Le acerca el mate humeante. Saca del hornito un par de medialunas y las pone en un plato de barro. El olor hace su trabajo: Carlitos abre los ojos despacio, como quien vuelve de lejos.
(niño, todavía medio dormido) Mmmm. Medialunas. ¿Y hay dulce de leche?
Fausto lo observa con una ternura que carga todo el peso de lo que va a tener que decir.
Anda, comé. Y tomá un poco de tu mate. Carlitos come. Un bocado. Dos. Mira a Fausto.
(niño, con la boca todavía llena) ¿Y mis papás?
Fausto pone la taza. Se agacha. Se arrodilla en el piso de tierra para que sus ojos queden exactamente a la altura de los ojos del niño. Una decisión física que toma tiempo. Un adulto que decide ponerse pequeño porque lo que va a decir necesita llegar de frente, sin distancia.
Quiero que sepas algo. Tu vida está por cambiar, Carlitos. Este es un momento que vas a recordar por siempre.
(niño, el miedo llegando a los ojos) ¿Por? ¿Les pasó algo a mis papás verdad?
Tus papis ya no van a estar con nosotros. No lograron salir del incendio.
Carlitos no llora de inmediato. Se queda congelado. Las palabras entran pero necesitan tiempo para recorrer toda la distancia hasta donde tienen que llegar. La cara no hace nada durante cuatro, cinco, seis segundos. Luego algo se mueve debajo, como un terremoto que empieza profundo antes de sacudir la superficie. La cara se contorsiona y el llanto sale de golpe, violento, un sonido que no parece de niño sino de algo más antiguo y más roto.
Fausto lo abraza contra su pecho. Lo sostiene. No dice nada más. Las palabras ya hicieron su trabajo. Ahora solo el peso de dos cuerpos, uno grande y uno pequeño, en una cocina que huele a hierbas y a medialuna.
La Silverado llega al frente de una escuela pública de fachada amarilla. El patio está lleno de niños que entran, se empujan, se ríen.
Fausto y Carlitos adentro del auto. El motor apagado.
Carlitos con los ojos lacrimosos mira a los niños moverse como si el mundo fuera normal, como si el mundo pudiera ser normal.
¿Cómo te sentís?
Carlitos suspira profundamente. Un suspiro de adulto en un cuerpo de nueve años.
Triste.
Claro. Es normal. Tal vez están acá, acompañándote en tu primer día.
Me da mucho miedo, tío.
¿Qué te da miedo?
Esto. Sin ellos.
Fausto toma la cabeza de Carlitos y la presiona contra su pecho. Carlitos solloza. Su cuerpo se sacude en espasmos pequeños. Fausto no dice nada. Solo lo sostiene.
La pesada puerta de la Silverado se abre con un crujido.
Carlitos baja con su mochila al hombro. Un grupo de niños de su edad lo observa desde la entrada con esa curiosidad sin crueldad que tiene la infancia antes de aprender a ser cruel.
Carlitos camina hacia la puerta. Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano. Luego los mocos. Luego intenta que su cara diga que no pasó nada, que es un niño normal que llega a una escuela normal. Sus mejillas están enrojecidas y sus ojos tienen ese hinchado particular del llanto reciente.
La Silverado lo mira irse desde atrás. Fausto no arranca todavía.
Carlitos entra al salón. La maestra aún no llegó. Todos platican de pie entre los pupitres con la energía libre de quien no tiene todavía que sentarse y obedecer.
Carlitos se queda parado cerca de la puerta, lo más lejos que puede de los demás, como si el espacio vacío fuera una protección.
Algunas miradas. Algunos cuchicheos.
Luis Daniel, once años, grande para su edad, con el porte de quien ya encontró su lugar en la jerarquía del salón, lo señala desde el otro lado del cuarto.
¡Ey, niño nuevo! ¿A ti qué te trajo Santa Claus?
Carlitos se sonroja. Se le cierran las cuerdas vocales. Emite algo.
(niño, casi incomprensible) Pues... juguetes.
Un silencio de dos segundos que es en realidad infinito.
Luego Luis Daniel suelta una carcajada y varios niños ríen con él, ese reír de manada que no necesita entender el chiste para participar.
A este se lo trajeron del rancho.
Carlitos cierra los ojos. Suda. Las voces se mezclan en murmullos y risas que llegan distorsionadas, como desde el fondo de un pozo. De pronto alguien le pone una mano en el hombro desde atrás: Alejandro, con una sonrisa abierta, de paz, de los que no necesitan jerarquía para relacionarse.
Carlitos abre los ojos. Y le pega. Un puñetazo limpio en la cara que tumba a Alejandro de espaldas entre los pupitres con un estrépito de sillas y risas que ahora son de susto.
La oficina de la directora huele a madera vieja y a perfume floral sin nombre. Carlitos y Alejandro comparten un sillón verde tapizado que ya fue más verde. Alejandro se toca la nariz con cuidado, con esa mezcla de dolor y satisfacción de quien recibió algo inesperado.
(con una risa genuina, sin rencor) Pinche rancherito. Sí pegas fuerte, wey.
Alejandro le pone el brazo sobre el hombro a Carlitos. Un gesto fraternal tan inmediato que descoloca. Carlitos, que esperaba más consecuencias, ríe también, más contenido, todavía evaluando si es seguro.
La puerta de la directora se abre. Sale Miss Martin: esbelta, pelo cano cortado recto, cara cuadrada detrás de unos lentes rectangulares. Los mira.
Alejandro se inclina hacia Carlitos. Apenas mueve los labios.
Parece tlacuache viejo.
Un partido de fútbol improvisado en el patio de primaria.
Carlitos y Alejandro en equipos contrarios, corriendo con esa entrega total que solo tienen los niños cuando juegan, cuando el juego es todo lo que hay.
Un disparo desviado manda el balón al patio de secundaria, al otro lado de la reja de malla metálica. Carlos y Alejandro van por él juntos, como si el juego no terminara en los límites del campo.
Y entonces: Maura.
Maura, doce años, parada en el patio de secundaria con dos compañeras, mirando su teléfono. Alejandro le da un codazo a Carlitos con la precisión quirúrgica del mejor amigo.
Mira, wey. Tu amorcito.
(niño, en voz baja, urgente) No mames, ¡cállate pendejo! Te va a oír, wey.
Maura los observa de reojo. Carlitos toma el balón y los dos caminan de regreso por el pasillo lateral.
Acordate de jugar entre líneas, al espacio. Esos son los pases más chingones. Messi, Iniesta y Xavi son maestros en eso.
Eso y el control dirigido, ¿no?
¡Exacto! Si ya te la sabés, mi "Chero".
Alejandro y Carlitos caminan abrazados fraternalmente por el pasillo, riéndose de algo que no necesita explicación.
La cámara se queda en Maura. Los observa irse. Una sonrisa pequeña que no se permite del todo.
Carlos sentado a la mesa de la cocina. La misma mesa pesada de madera donde Fausto le dio las medialunas. El tablero de ajedrez a un lado, con su partida inconclusa. La lámpara de petróleo proyecta una luz ambarína y temblorosa.
El sobre en sus manos. Lo voltea. Lo voltea de nuevo. El lacre azul intacto. Para Carlos. Cuando sea el momento.
Lo abre.
Dos hojas de papel cuadriculado, escritas por ambos lados con letra de Fausto: inclinada hacia la derecha, temblorosa en las consonantes pero firme en las vocales. Tinta azul. Carlos despliega las hojas sobre la mesa y empieza a leer.
La voz de Fausto entra en over. No es la voz del hombre enfermo: es la voz que tenía cuando enseñaba ajedrez, cuando explicaba algo que le importaba.
Querido Carlos. Si estás leyendo esto, es porque llegó el momento. Y si llegó el momento, es porque ya no pude decírtelo yo.
Carlos se acomoda en la silla. Cruza los pies bajo la silla.
Como si estuviera preparándose para algo físico.
La lámpara de petróleo parpadea.
Tu madre y yo nos quisimos antes de que ella conociera a tu padre. Silencio.
Carlos se queda inmóvil. Las hojas sobre la mesa. Las manos a los lados, abiertas, como si acabara de soltar algo que llevaba años cargando sin saber que lo cargaba. Los ojos fijos en la pared de cal, en el rectángulo más oscuro donde estuvo el cuadro del lobo.
Cuatro segundos. Cinco. Seis.
Luego algo se rompe adentro de él.
No grita. No llora.
Barre la mesa con el brazo de un golpe limpio y violento.
Todo vuela: el mate seco estalla contra la pared, la pava oxidada rueda por el piso de tierra, la caja de madera se abre y las fotos se dispersan, el tablero de ajedrez se estrella contra la esquina del cuarto y las piezas ruedan en todas direcciones, el rey negro hasta debajo de la repisa, el alfil blanco bajo la silla.
Carlos derrumba la repisa. Los libros de Borges caen abiertos sobre el piso de tierra como pájaros muertos, las páginas anotadas en los márgenes boca abajo. Patea la silla, que golpea la pared y se parte por una pata. Golpea la pared con el puño cerrado, una vez, dos veces.
Se detiene.
Mira su mano. Le sangra el nudillo del índice. La sangre en la cal blanca.
Respira. Dos, tres veces. Largo.
Recoge la carta del suelo. Las dos hojas. Las dobla con cuidado, con una meticulosidad que contrasta con el desastre alrededor. Las guarda en el sobre. Las mete en el bolsillo interior de la chamarra.
Toma la mochila del piso. Mete dentro: la carta, los documentos legales, los planos del hotel. Luego toma la botella de mezcal que estaba en el suelo junto a la mochila, le da un trago largo, la sostiene un momento, y sale de la casa.
Llueve.
Una lluvia sin aviso, directa, de las que no preguntan.
Carlos está sentado contra el tronco de un ahuehuete, un árbol de raíces que salen del suelo como venas de la tierra y vuelven a él, raíces más antiguas que la hacienda, más antiguas que el apellido Larraín, más antiguas que cualquier secreto que pueda caber en un sobre sellado con lacre azul.
Carlos está empapado. La chamarra oscura pegada al cuerpo. La cabeza entre las rodillas. La botella de mezcal en la mano, todavía con algo adentro.
El teléfono vibra en su bolsillo. Lo saca. La pantalla iluminada, todavía con señal: mensajes acumulados. Isabel: "¿Llegaste bien?" (hace tres horas). Laura: "Chero, contéstame" (hace una hora). Fausto: una foto de las gemelas en pijama. Fernanda hace una cara de payaso, los ojos torcidos, la lengua afuera. Lucía, su gemela, está seria con una seriedad de actriz que no sabe que está actuando.
Carlos mira la foto un momento largo.
Luego mira la carpeta con los documentos legales en su mochila, mojándose en la lluvia. Los papeles notariales con sello oficial que Fausto necesita. El hotel en Mahahual. Las gemelas.
Saca el encendedor del bolsillo. Lo acerca a la esquina de uno de los documentos.
El encendedor no prende. El viento, la lluvia, los dedos mojados. Varios intentos. El encendedor chispea pero no da llama.
Carlos lo intenta cuatro veces. Cinco.
Se rinde. Guarda el encendedor. Mete los documentos mojados de vuelta en la mochila.
La opción está ahí, concreta como el barro bajo sus pies: puede fotografiar los documentos ahora mismo, enviarlos por mensaje a quien corresponda, y desaparecer. Irse a Chile con Isabel. O a ningún lado. Simplemente irse. Dejar todo esto aquí, enterrado bajo el ahuehuete con la lluvia y la oscuridad.
La botella de mezcal pesa en su mano. La mira. La aprieta. Se ríe.
Una risa corta, amarga, de quien se da cuenta de la ironía: quiso destruirse y no puede ni emborracharse bien.
Se queda ahí. No se mueve. La lluvia arrecia. El ahuehuete no se mueve.
La lluvia paró en algún momento de la madrugada. Carlos despierta contra las raíces del ahuehuete, en la misma posición que adoptó horas antes, el cuerpo acomodado en los nudos de la madera como si hubiera encontrado la forma correcta de caber.
El cuerpo entumido. El cuello rígido. Los pies dormidos.
La selva amanece alrededor: pájaros que no esperan permiso para empezar, insectos que retoman donde los dejaron, el vapor subiendo de la tierra mojada en columnas lentas que la luz horizontal del alba convierte en filamentos de oro.
Carlos parece un animal abandonado. O un animal que descansó.
Toma el teléfono. Batería: 2%. La foto de las gemelas sigue en la pantalla, húmeda y brillante: Fernanda con su cara de payaso, Lucía con su seriedad de anciana.
Carlos las mira.
No es una revelación. No es una epifanía. No hay música de cuerdas, no hay plano del cielo, no hay momento en que la solución del universo llega de golpe a los ojos de un hombre.
Es algo más pequeño y más real: dos niñas que existen. Que están vivas. Que no tienen la culpa de nada de lo que sus padres y sus tíos y sus secretos hicieron con el tiempo.
Se levanta. Le cuesta. Le duele todo. Camina.
El desastre de anoche.
Carlos lo mira desde la puerta un momento. Luego entra y empieza.
Recoge los libros del piso uno por uno. Los sacude para quitarles la tierra. Los revisa: las tapas, los márgenes con las notas de Fausto. Los apila sobre la mesa con cuidado.
Borges arriba, Cortázar en el medio, Galeano abajo.
Recoge las piezas de ajedrez del piso. Un peón bajo la repisa, un caballo junto a la puerta, la reina blanca boca abajo en el rincón. Las pone de vuelta en el tablero, en sus casillas originales, reconstruyendo la partida inconclusa.
Toma el rey negro, el que rodó hasta debajo de la repisa. Lo sostiene. Se lo guarda en el bolsillo de la chamarra.
Recoge las fotos húmedas del piso. Las seca una por una con el dobladillo de la playera: la boda de Fernando y Lucía, Fausto joven en Buenos Aires, Carlitos en brazos de su madre.
Se detiene.
Una foto que no había visto bien anoche: Fausto joven, veintipocos años, en una esquina de Buenos Aires. Abraza a una mujer. La mujer ríe hacia la cámara con la cabeza echada hacia atrás, el pelo oscuro levantado por el viento. Es Lucía. Su madre, cuando era joven. Fausto sonríe como Carlos nunca lo vio sonreír en los treinta años que lo conoció: sin reserva, sin peso, sin el cuidado de alguien que sabe que está guardando algo.
Carlos mira la foto. La pone sobre la mesa.
Del piso, levanta el lienzo del lobo. La tela se rasgó en una esquina cuando cayó. Carlos lo mira: el lobo, la cabra, el peso de lo inevitable. Lo enrolla con cuidado. Lo mete en la mochila.
La carta está en el suelo junto a la pata rota de la silla.
Carlos la recoge. La desdobla. La dobla de nuevo con cuidado.
La mete en el sobre. La mete en la mochila junto al lobo enrollado.
Saca el teléfono. 1% de batería. La pantalla parpadeante.
Escribe un mensaje a Fausto. Cuatro palabras: "Las niñas están preciosas. Ya voy de regreso."
Envía.
Se queda mirando el "enviado" en la pantalla. La pantalla se apaga. La batería murió.
Carlos guarda el teléfono en el bolsillo.
Cierra la casita con llave. El cierre de latón de la puerta encaja con un sonido seco y definitivo.
Mira la hacienda una última vez desde el terreno: la casa principal con su techo abierto al cielo, las enredaderas en la piedra, las ventanas vacías. Las iniciales en el marco roto: L & F — Siempre. Carlos las mira. Las deja ahí.
Sube al auto. Mete la llave. Arranca.
El auto se aleja por el camino de terracería. La hacienda se queda quieta detrás, con el sol de la mañana empezando a calentar la piedra, y las enredaderas siguiendo su avance lento y paciente, sin apuro, sin drama, sin secretos.
Carlos entra al departamento con la mochila. Tres días de ausencia. La ventana reparada sigue en su lugar: el parche de madera, las cortinas inmóviles. Deja la mochila en el piso.
Adentro: el lienzo enrollado del lobo, la carta de Fausto, los documentos legales.
Isabel está sentada en el sillón trabajando desde su laptop.
No se levanta.
Tres días.
Lo sé.
Tres días sin contestar. Laura me dijo que estabas bien, pero tú no me dijiste nada.
No podía.
Así no, Carlos. Yo no puedo con esto.
Carlos se sienta frente a ella. Por primera vez desde que lo conocemos, no evade. Saca la carta del bolsillo interior de la chamarra. La pone sobre la mesa entre los dos.
Mi tío y mi mamá se quisieron. Antes de que ella conociera a mi papá.
Y cuando Fausto llegó a la hacienda, algo resurgió. Mi papá los descubrió. La noche del incendio, la noche en que murieron. Isabel mira la carta. No la toca.
¿Cómo?... Pero... Carlos la interrumpe.
No sé qué hacer con esto. Creo que prefiero no hablar, igual ¿de qué sirven las palabras?
Carlos, lo único que te pido es que me incluyas en tu presente. Silencio largo. Carlos la mira.
Tengo que decidir lo de las niñas. Al menos veo que les está dejando buena herencia, no sé, pues este es mi presente guapa. ¿Qué más quieres?
Y lo de Chile. Tengo que contestar en una semana.
No mames, ya sé. Pues que te digo…
(exasperada y decepcionada) ¿Vienes conmigo o no?
Carlos abre la boca. La cierra. Mira la carta sobre la mesa.
Mira a Isabel.
Tantita empatía estaría chido.
Cada quien sus decisiones, pero hay que decidir.
Isabel se levanta. Toma su bolsa. Se detiene en la puerta.
Igual… no decidir también es una decisión.
Sale. La puerta se cierra. Carlos se queda solo con la carta sobre la mesa. Solo la mira.
Pasillo de hospital público. Luz fluorescente. Carlos camina llevando en una mano el sobre manila con los documentos legales y en la otra la carta cerrada. Llega a la puerta de la habitación. Se detiene. Respira. Entra.
Fausto está peor. Mucho peor. Conectado a una vía intravenosa. La piel amarillenta. Los ojos hundidos pero algo lúcidos. Una cuidadora temporal está sentada en una silla leyendo una revista. Carlos entra. La cuidadora sale sin que nadie le diga nada.
Silencio largo. Carlos acerca una silla a la cama. Se sienta.
Pone el sobre manila sobre la mesa de noche.
(con un hilo de voz, apenas articulando) ¿La carta?
Aquí está.
Toma la carta y la pone cerrada sobre el pecho de Fausto.
Más silencio. Fausto cierra los ojos. Carlos mira el goteo del suero. Una gota, otra gota, otra gota.
¿Me perdonás?
Carlos se toma la cara con las manos. Frota sus ojos. Se tarda en responder.
¿De qué? Nada de cartas, aquí estoy. Dime de qué quieres que te perdone.
Fausto asiente, muy despacio. Notablemente le cuesta trabajo hablar. Cierra los ojos. Los párpados le pesan.
Pero voy a cuidar a las niñas.
Fausto abre los ojos con mucho trabajo. Lo mira. Las lágrimas caen por las arrugas de su cara sin que él intente detenerlas.
Gracias, mijo.
Tú me cuidaste. Es lo que toca.
Fausto extiende la mano. Carlos la toma. La mano de Fausto está helada y temblorosa. La de Carlos también tiembla, pero de algo diferente.
¿Y cómo están?
Preciosas. Asustadas. No sé cómo le voy a hacer, tío.
Fausto sonríe. Es la primera sonrisa de un moribundo que sabe que lo que deja atrás va a estar bien.
Mahahual.
Sí, ahí traigo los planos.
Fausto sonríe con la poca energía que le queda. Carlos entiende que quiere hablar pero no tiene energía. Acerca su oído al rostro de Fausto, generando un último espacio de intimidad.
(prácticamente con su último aliento) ¿Y el ajedrez? Mauraaa. Lo siento mucho, Carlitos.
El rey y sus dos alfiles.
Carlos pone el rey negro en la débil mano de su tío, luego le ayuda a cerrarla. No la suelta.
Carlos adolescente (15 años) y Alejandro (15) son inseparables. Están sentados al fondo del salón. Alejandro dibuja caricaturas de los maestros en el cuaderno de Carlos.
Carlos intenta no reírse.
Suena la campana. Salen al pasillo. En las gradas del patio, una chica lee un libro. Pelo oscuro, desordenado. Lentes. Una actitud de quien está exactamente donde quiere estar.
Maura (15 años).
Ahí está tu novia, Chero.
No es mi novia, pendejo.
Se acercan. Maura no levanta la vista del libro.
Oye, ¿qué estás leyendo?
El Extranjero. De Camus.
¿De qué se trata?
(levantando la vista por primera vez) De un tipo que mata a alguien porque hacía calor.
Alejandro se ríe. Carlos la mira. Maura lo mira. Algo sucede en ese cruce de miradas que ninguno de los tres puede nombrar.
Carlos se sienta en la misma banca pero no junto a ella, sino a unos metros. Alejandro lo ve con un gesto de "Igual no es la mejor idea, bro", siente la tensión y le dice a Maura:
Es su cumpleaños y lo quiere celebrar contigo, ehh.
Maura no se sorprende, no la toma desprevenida. Suelta el libro, se levanta.
(con toda la confianza posible) Uff, te tengo el regalo perfecto.
Se le acerca a Carlos, se agacha lentamente. Carlos está en un nivel de incomodidad y emoción brutal. Maura le tapa la boca con una mano y le sopla en la nariz.
(regresando a su lugar en la banca) Feliz cumple.
Una fogata improvisada en un terreno baldío. Carlos, Alejandro y Maura sentados en piedras alrededor del fuego.
Maura tiene un libro de Borges que Fausto le prestó.
Nunca creí que iba a aprender ajedrez y menos con tu tío. Qué personajazo, ehh. Entendí perfecto tus viajes, Cherito.
Sí pues, que te digo, me salvó la vida en muchos sentidos. Aunque en el ajedrez siempre me chingó.
Bueno, bueno, a lo que vinimos. ¿Es neta o no es neta?
Es neta. Cuando acabemos la prepa, nos vamos a San José del Pacífico. Los tres. Sin miedo, ehh.
¡Órale! Pues vamos a planearlo. No worry, te vamos a cuidar.
Nos.
Alejandro extiende el meñique. Maura engancha el suyo. Carlos completa el pacto. Tres meñiques entrelazados sobre las llamas. Maura duda entre comentar lo cursi del momento o entrarle. Se carcajean los tres, cada uno por motivos muy distintos. La risa es unísona.
Carlos (18), Alejandro (18) y Maura (18) en la camioneta de Alejandro. La carretera de Oaxaca sube entre nubes. Música en la radio. Las ventanas abiertas. Alejandro maneja. Maura va de copiloto con los pies en el tablero.
¿Y si no encontramos a la señora?
La encontramos. Mi primo fue hace dos meses. Dice que está en la casa de arriba, la del techo azul. Y no es señora, wey, tiene como 30 años.
Como dice mi tío: "Si te toca, aunque te quites, y si no te toca, aunque te pongas."
La camioneta avanza por una carretera que se va deshaciendo.
Los baches aumentan, el asfalto se convierte en parches de concreto y luego en tramos de tierra. La niebla baja desde los cerros como si alguien hubiera descolgado las nubes.
Primer retén. Un grupo de hombres con pasamontañas y rifles les hace señas para detenerse. La camioneta frena. Alejandro baja la ventanilla. Un tipo se asoma. Mira adentro: tres chamaquitos con mochilas y cara de susto. Maura clava la vista al frente, inmóvil.
El tipo les hace una seña con la mano para que avancen.
Alejandro sube la ventanilla. Nadie habla durante los siguientes tres kilómetros.
Segundo retén. Militar. Un soldado les pide identificaciones.
Alejandro entrega tres credenciales. El soldado las revisa, se asoma al interior: las mochilas, los sleeping bags, una bolsa de Doritos abierta.
¿A dónde van?
San José del Pacífico. De vacaciones.
El soldado los mira con esa mezcla de aburrimiento y desconfianza que define a quien lleva doce horas parado en el mismo punto. Les devuelve las credenciales. Alejandro arranca.
Neta, ¿por qué me sudan las manos si no traemos nada?
Alejandro y Carlos se miran sutilmente. Alejandro esboza una sonrisa mínima.
Porque así funciona, wey. ¡Y lo saben perfecto!
Carlos se ríe desde atrás. Maura también, a pesar de todo.
La tormenta los alcanza a media sierra. El cielo se cierra de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz. La lluvia cae con una violencia que el limpiaparabrisas no puede contener.
Alejandro maneja encorvado sobre el volante, la cara pegada al cristal.
Un trueno. El coche vibra. Y después el sonido inconfundible: un golpe seco, la camioneta se ladea, el volante jala hacia la derecha. Llanta ponchada.
¡No mames! ¡No mames!
Bajan los tres bajo la lluvia. El agua es fría y vertical.
Carlos sostiene la linterna del teléfono mientras Alejandro busca la llanta de refacción debajo de la caja. Maura, empapada, los observa con los brazos cruzados, el pelo pegado a la cara.
¿Saben lo que hacen?
(forcejeando con el gato hidráulico) En teoría.
Carlos y Maura se miran. La escena es absurda: tres adolescentes empapados, en una curva en medio de la nada, a mil ochocientos metros de altura, intentando descifrar un gato hidráulico con la luz de un teléfono al doce por ciento de batería. Maura suelta una carcajada que se mezcla con la lluvia.
(adolescente, empapado, sonriendo) Esto ya es parte del viaje, ¿no?
Esto ya ES el viaje, Chero.
Les toma cuarenta minutos. Quedan enlodados hasta los codos.
La llanta de refacción está medio desinflada pero aguanta.
Suben a la camioneta escurriendo agua. Alejandro arranca.
Nadie pone música. Hay un silencio nuevo adentro del coche: la sensación de haber cruzado juntos un umbral sin habérselo propuesto.
La tormenta se disipa tan rápido como llegó. El camino envuelto en mantas de neblina, varios tramos arruinados, charcos profundos que reflejan las últimas brasas del crepúsculo. La camioneta avanza despacio.
Algo cambia. No en el paisaje sino en ellos. La energía divertida que los traía desde la Ciudad de México se transforma en otra cosa: un silencio de contemplación, un acuerdo tácito que no necesita palabras.
Alejandro baja la música. Maura estira el brazo y la apaga del todo. Nadie protesta. Les parece necesario.
Las nubes pasan entre los árboles a la altura de las ventanillas, como si la camioneta navegara un mar de niebla.
Maura pone la mano afuera y la nube le moja los dedos. Carlos la observa desde atrás: el perfil de ella contra la neblina iluminada por los faros. Guarda la imagen sin saber que la va a necesitar después.
Se manifiesta entre los tres una íntima complicidad en la que la intuición es el único vehículo para transitar el porvenir.
La camioneta se detiene frente a unas cabañas. Alejandro apaga el motor. Y entonces lo escuchan.
Un canto. Lejano, imposible de ubicar. Una melodía que ninguno de los tres reconoce pero que parece reconocerlos a ellos. Es un canto balcánico de cuna. Las notas flotan entre los árboles como si la neblina las cargara.
Los tres se miran. Alejandro abre la puerta despacio, como si el sonido fuera un animal que pudiera espantarse.
Caminan hacia el canto en una procesión hipnótica. Salen de la vereda, cruzan un camino boscoso y accidentado. La neblina es tan espesa que a veces solo ven sus propias manos. Caminan entre árboles y nubes, tres cuerpos deslizándose en un paisaje que no parece de este mundo.
El canto se hace más claro. La melodía tiene algo que duele sin lastimar, como una herida que ya cerró pero que se recuerda con la lluvia.
Vislumbran una figura entre los árboles. Ropajes violeta, rostro blancuzco, pelaje de un amarillo casi dorado.
GLASHA canta en este rincón del bosque todas las tardes. Un pequeño ritual en homenaje a su hermano asesinado durante las guerras balcánicas, de donde unos años atrás tuvo que huir dejándolo todo.
Ella los observa acercarse. No interrumpe su canto. Su mirada triste, enclavada en la dulzura de su rostro, cuenta la historia de múltiples tragedias sin pronunciar una sola palabra que ellos puedan entender. Los muchachos se detienen a unos metros a contemplarla, atónitos.
Maura tiene los ojos abiertos como Carlos nunca se los ha visto: no es miedo ni sorpresa, es el reconocimiento de algo que no sabía que estaba buscando. Alejandro no dice nada. Ni un chiste, ni un comentario, ni un codazo. Solo mira.
Glasha guarda silencio. Algunos ademanes con las manos dejan entender que su ritual continúa. Cierra los ojos. Finaliza juntando tiernamente sus manos en un gesto de plegaria.
Cuando abre nuevamente los ojos, su mirada, ahora intensa, ve fijamente a los tres amigos. Se levanta y empieza a caminar.
Ellos comprenden. Siguen su camino sin dudarlo, aunque manteniendo la misma pudorosa distancia. Tres jóvenes detrás de una desconocida, en un bosque entre nubes, guiados por algo que ninguno puede nombrar pero que todos sienten: la certeza de que estaban llegando exactamente a donde tenían que llegar.
El bosque abrió un descanso. Una serie de piedras de río conformaban un camino, cual áspera lengua de algún dios misericordioso invitando a una cálida boca. Glasha sigue el misterioso patrón de piedras con una gracia que contrasta tiernamente ante la torpeza de los tres jóvenes.
Al final del camino yace una pequeña choza que emana luz naranja por todos sus orificios. Glasha, quien les tomó considerable ventaja, los espera en un antepatio que ya tenía preparados cuatro cojines alrededor de una intensa fogata.
Temerosos, los jóvenes se acercan al encuentro inevitable.
Nadie los espera. Es momento de soltar su imagen, abrazar el silencio y aceptar su misterio. Sus abuelos les soñaron este momento.
Carlos, Alejandro y Maura se voltean a ver entre ellos. Pasan y se sientan en los cojines alrededor del fuego. Glasha entra a la casa cruzando la cortina que divide el antepatio del interior. Ellos aprovechan para hacer team back, susurrando.
Igual soy yo, pero algo no me vibra.
Sí eres tú, wey. Ya no te malviajes.
Pero ¿qué te está malviajando?
No sé, Chero. Se siente algo muy raro.
Pero está de huevos, no mamen, shhh, ya cállense, que si nos escucha se va a poner más raro. Además, qué pedo, está súper chula.
Maura voltea los ojos hacia arriba. Carlos asiente con una sonrisa de complicidad y acuerdo.
Los tres toman distintas posturas: Maura se sienta en posición de yoga, Carlos tira la espalda hacia atrás apoyándose con las manos sobre el suelo, Alejandro decide recostarse tomando el cojín como almohada y poniendo ambas manos sobre su pecho.
Glasha regresa cruzando la cortina. Trae cuatro tazas de barro con algún líquido humeante.
Los abuelos les tienen este obsequio. Bébanlo de manera ceremoniosa. Es un día especial. Posiblemente recibamos visitas.
Glasha le entrega a cada uno su brebaje. La primera en recibirlo es Maura.
"Gacela Planetaria." Te espera un viaje infinito. Abraza tus miedos. Te acompaño.
Maura se desconcierta, no entiende nada de lo que está pasando. Glasha se acerca a Alejandro y le entrega su taza.
Tus ancestros te acompañan. Tu viaje será tierno y dormirás pronto. Búscate en tus sueños y encuéntrate en tu jardín silencioso. "Halcón Terrestre."
Carlos sonríe al ver el rostro de Alejandro completamente embelesado con la presencia de Glasha. Glasha se acerca finalmente a Carlos. Lo observa fijamente. Pone su mano sobre su frente.
Tú eres el "Perro Mágico" de la manada. Tus visiones construyen universos. Es un regalo atroz el que recibiste en la infancia. Te espera un viaje bello y terrible. Salúdalos a todos de mi parte.
Maura, que ya empezaba a beber el té, no puede contener una carcajada y termina escupiendo ruidosamente.
Perdón, perdón, qué pena.
La habitación en penumbra. Una vela. Tres figuras recostadas en el suelo sobre cobijas, sin dormir. Ojos abiertos que miran el techo. El sonido del mar llega amortiguado, como si viniera de debajo de la tierra.
ALEJANDRO tiene las manos sobre el pecho. Respira lento. Sus dedos empiezan a moverse solos, como si tocara algo invisible.
MAURA está de lado, mirando la pared. Hay una sombra que se mueve en la pared —pero nada en la habitación la produce.
CARLOS mira el techo. En el techo: el mar.
El techo de madera se vuelve transparente. O quizás Carlos ya no está mirando el techo: está mirando hacia abajo, hacia el fondo del mar.
La mano de MAURA —la misma que metió en la nube desde la ventanilla de la camioneta— ahora está debajo del agua. Los dedos se mueven lentamente. El agua es tibia y oscura. Las yemas brillan como si tuvieran luz propia.
Sus dedos tocan algo. Maura se asusta y mueve violentamente su mano, como si la estuviera sacando de este mar alucinado.
El mar desaparece.
Un bosque de pinos, de noche. Niebla baja. Iluminado por una luz que no tiene fuente —como si la niebla misma fuera luminosa.
Entre los árboles: EL LOBO.
No es un lobo ordinario. Es grande —demasiado grande, de pie sobre las patas traseras, casi erguido. Su pelaje es oscuro, denso, con destellos que podrían ser azules o podrían ser el reflejo de la luna. Y lleva puestos unos lentes oscuros: redondos, dorados, de aviador. Los lentes no son absurdos.
Son perturbadores. Como si el lobo los hubiera llevado siempre.
El lobo no mira hacia cámara. Mira hacia otro lado —hacia algo fuera de campo que podemos intuir pero no ver. Está inmóvil.
Luego gira la cabeza muy lentamente y mira directo. Los lentes oscuros reflejan el bosque. No hay ojos detrás de los lentes: solo el bosque, reflejado.
No hay locación. Hay imagen. Lo que sigue es una serie de fragmentos que se superponen, se interrumpen, se repiten con variaciones. El montaje es su único lenguaje.
ALEJANDRO camina por la carretera que acaban de recorrer.
Está vacía. Es de noche. La niebla llega a sus rodillas.
Camina hacia la Ciudad de México —siente que camina hacia la Ciudad de México— pero el camino se pliega. No llega.
El camino se abre: adelante, el mar. No donde debería estar — está al nivel del suelo, plano, quieto, donde debería estar la carretera. Alejandro se detiene en la orilla.
Alejandro mira el mar. En el reflejo del agua ve la Ciudad de México: los edificios, las luces, el smog. Todo invertido, todo debajo.
Quiere volver. No puede.
MAURA está en el fondo del mar.
No necesita respirar. El agua no la presiona. Flota de pie entre los corales blancos. Lleva la misma ropa. Su cabello se mueve con corrientes que no existen.
Sobre ella, muy arriba, la superficie del agua. Y sobre la superficie: la noche, las nubes, la luna que no hemos visto todavía pero que existe.
Maura extiende el brazo hacia arriba. Sus dedos casi tocan los dedos de su propio reflejo.
CARLOS está en la cabaña. Igual que siempre. Pero está solo — Alejandro y Maura no están— y la cabaña es más grande de lo que era: los cuartos se multiplican. En todos hay una cortina que divide el espacio. Se mueve violentamente por un viento que no existe, que lo único que mueve es la cortina.
En uno de los cuartos, sentado en una silla, está EL LOBO.
Los lentes puestos. Las manos —sus manos, porque este lobo tiene manos— sobre las rodillas. Como si esperara una cita.
Carlos se queda en el umbral. El lobo no lo invita a pasar.
Tampoco lo echa.
EL LOBO se quita los lentes con un gesto preciso, lento, como alguien que lleva mucho tiempo usándolos. Sus ojos son humanos.
Son los ojos de Carlos.
La vela sigue encendida. Los tres siguen en el suelo.
El montaje vuelve a la cabaña, pero lo hace lentamente: los fragmentos oníricos se van superponiendo con la imagen real hasta que lo real y lo soñado coexisten en el mismo encuadre.
El mar, el lobo, los corales, la carretera —todo visible al mismo tiempo, como capas de acetato.
Luego, de golpe, solo la cabaña.
El sonido del mar es más fuerte ahora.
De regreso en la cabaña: CARLOS se incorpora lentamente. Se sienta. Mira a MAURA —que tiene los ojos cerrados pero no duerme. Mira a ALEJANDRO —que también está despierto, mirando el techo.
Nadie habla. El silencio entre ellos ya no es el mismo silencio de antes. Es un silencio que ha estado en algún lugar.
La vela se apaga sola.
El sonido del mar llena el cuarto oscuro. Pero se dan cuenta de que no es mar: se trata de un instrumento de origen balcánico que tiene Glasha sobre su regazo y simula los sonidos del mar.
Los tres sentados en el mirador de la sierra. Debajo de ellos, un valle infinito de nubes. El sol sale atrás de las montañas. Nadie habla. No hace falta.
(después de un silencio largo, susurrando cálidamente) Estamos vivos.
(adolescente, gritando a todo pulmón) ¡Estamos vivos!
(gritando con los ojos cerrados) ¡Estamos vivos!
Carlos voltea a ver a Alejandro. Sonríen. Alejandro dirige su mirada a Maura, como indicando a Carlos que ponga atención.
Maura carga lágrimas en los ojos. Lucha por contenerlas.
Después de San José, bajan a la costa. Mazunte. El mar es violento y hermoso. Están en la playa. Atardecer. La luz es dorada. Fuman un porro. La felicidad es física, tangible.
Carlos y Maura se alejan del grupo. Caminan por la orilla.
Las olas les mojan los pies.
Me gusta quién eres cuando no estás intentando ser alguien.
O sea, nunca.
O sea, ahorita.
Se besan. El primer beso. El mar les moja los tobillos.
Alejandro, a lo lejos, los ve. No dice nada. Sonríe. Sabe que esto iba a pasar.
¿Y Ale?
Ya sabe. Siempre ha sabido. Siempre me has gustado.
Vuelven a besarse, con una pasión inevitable, como si quisieran tragarse el uno al otro.
La luz de la tarde sobre el agua tiene una calidad que hoy es diferente: más densa, más intencional, como si el sol supiera que lo están mirando de otra manera.
MAURA, ALEJANDRO y CARLOS están recostados en la arena, cerca del agua. Se reparten tres paletas Tix Tix. Alejandro saca un gotero y vierte una gota sobre cada una. Están esperando. No hablan de eso, pero los tres lo saben: están esperando.
MAURA mira el cielo. Hay nubes. Las nubes se mueven. Eso no tiene nada de extraordinario excepto que hoy, ahora, el movimiento de las nubes parece una conversación que lleva años sin terminar.
Hay una nube específica, con una forma específica, que mientras la mira empieza a deshacerse —lentamente, sin drama, con la indiferencia natural de las nubes.
MAURA llora.
No es un llanto dramático. Son lágrimas que salen solas, sin pedir permiso, como respuesta a algo que no tiene nombre pero que la nube que desaparece acaba de nombrar de todas formas.
CARLOS la mira. No pregunta qué pasó. Bajo el ácido la pregunta "¿qué pasó?" no sirve para nada —las cosas no pasan por razones que se puedan explicar, pasan porque sí, porque es su momento de pasar. Alejandro lo sabe aunque no lo piense con esas palabras.
La entiende. No dice nada. Le pone la mano en la espalda. Eso es suficiente.
ALEJANDRO está acostado boca arriba con los ojos cerrados.
Tiene una sonrisa que no decidió tener.
CARLOS observa el mar.
MAURA y CARLOS están sentados frente al mar. El LSD ya llegó.
Llegó sin anuncio, como llegan las cosas importantes: un momento no está y al siguiente ya no recuerdas cuándo empezó.
CARLOS dice algo. No importa exactamente qué — importa que lo dice con una gravedad que bajo el ácido resulta completamente irracional, y eso desata en MAURA una risa que no tiene fondo. Una risa que se alimenta de sí misma, que cada vez que parece que va a terminar encuentra una nueva razón para continuar.
Carlos la mira. La risa de Maura le produce risa. Los dos ríen sin poder parar.
Entre ellos, en algún momento de esa risa, nace un nuevo código. Algo que se dice de cierta manera, con cierta mirada, y que significa algo que no se puede decir de otra forma.
Desde afuera parece una palabra sin sentido. Para ellos es un sistema completo. Le ponen nombre: Dulce Corderito.
Dulce Corderito puede significar muchas cosas. Puede ser una señal de alarma o una declaración de amor o una forma de decir que todo está bien. Depende de cómo se diga. En este momento significa algo que no tiene traducción.
Ríen más.
La risa se asienta. El LSD hace eso: alterna. Un momento todo es luminoso y al siguiente hay algo más serio, más ancho, que pide atención.
CARLOS se intensifica. Algo en él se vuelve más grande, más solemne —no de manera oscura sino como cuando alguien siente que está a punto de decir algo verdadero y eso lo pone en posición de ceremonia.
Le dice a MAURA que la quiere. No exactamente eso —dice algo más complicado, más largo, algo sobre las nubes y sobre ella y sobre este momento específico en esta playa específica. A Maura le brota una risa incontenible, otra vez, igual que en la ceremonia de hongos.
(riéndose todavía, con afecto) De esta no te sales pensando, ¿eh?
Mientras habla, el LSD le hace a MAURA lo siguiente: le pone cuernos a Carlos mientras habla. No de manera terrorífica.
Son cuernos de cabra —suaves, curvos, un poco ridículos, completamente suyos. MAURA los ve y los acepta como parte del paisaje.
Maura se bota de la risa nuevamente.
(carcajeando y señalando los cuernos de Carlos) ¡¡Dulce Corderito, wey!!
Carlos no sabe que tiene cuernos. Sigue hablando.
MAURA lo escucha con una atención que incluye los cuernos, que los integra, que los encuentra coherentes con todo lo demás que está diciendo.
(con una suavidad que es también una barrera) Sí.
En algún momento MAURA saca el teléfono. La música. Tiene que escoger una canción. Bajo el ácido escoger una canción es una decisión cosmológica: lo que pongas define el universo por los próximos cinco minutos.
MAURA escoge sin dudar. Como si ya lo supiera. La canción se llama La Reina de la Muerte y las Flores.
La música empieza. CARLOS la recibe en el cuerpo como si fuera temperatura. MAURA cierra los ojos un segundo. Cuando los abre el mar es diferente —no visualmente, sino en su intención. El mar ahora está escuchando la misma canción.
Se acercan. O no se acercan —están cerca ya desde hace un rato y ahora eso se vuelve más evidente.
Se tocan. Empiezan a fajar. Hay algo entre ellos que el LSD hace más visible pero que existía antes: una corriente, una pregunta sin terminar.
MAURA en algún momento hace un gesto con los dedos —algo improvisado, algo que no planeó. Un movimiento pequeño, preciso, que parece conjuro o cifra o el comienzo de una lengua que nunca va a necesitar palabras. Como si con la mano pudiera organizar el aire entre ellos.
Es un gesto de magia. No teatral. Real. El tipo de gesto que uno hace cuando sabe exactamente dónde está aunque no sepa adónde va.
CARLOS se está creciendo. El LSD lo expande hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo: sus emociones toman más espacio, sus palabras se vuelven más largas, su presencia ocupa más de la playa de lo que ocupa su cuerpo.
MAURA lo ve. MAURA siempre lo ve —es la única de los tres que en este momento está completamente en el momento, sin asomarse al pasado ni al futuro. Solo aquí. Solo esto. Solo ahora.
Y lo que ve es: Carlos subiendo. Demasiado. Hacia un lugar desde donde los dos se van a sentir solos.
Lo que siente Carlos como crecimiento, lo que él percibe como expansión de sí mismo hacia algo más verdadero, MAURA lo ve desde afuera con una claridad que solo da el ácido cuando uno está completamente en el momento: Carlos se está creciendo en lo que él cree que son sus ojos. No en los ojos de ella. En lo que él imagina que son los ojos de ella mientras lo mira.
CARLOS dice: Soy el cazador de lobos.
Lo dice con una convicción total. No como broma. Como declaración de principios, como el nombre que acaba de encontrar para algo que siempre supo que era.
MAURA se ríe más. No porque sea absurdo —es absurdo y también es completamente verdad y ella puede ver las dos cosas al mismo tiempo y eso le parece extraordinario.
CARLOS se abre la camisa.
No con dramatismo. Con la naturalidad de alguien que finalmente puede. El atardecer le cae en el pecho. El viento del Pacífico.
Y ahí es cuando MAURA lo ve. No al cazador de lobos —eso ya lo vio, eso ya le dio risa. Ve otra cosa: la potencia de Carlos. No la que él está actuando, no la que él cree que está mostrando. La que hay debajo, la que existía antes de que llegara el ácido y va a seguir ahí cuando se vaya.
MAURA deja de reírse. No porque deje de encontrarlo gracioso.
Sino porque ahora también lo encuentra real. Y las dos cosas juntas —gracioso y real— son demasiado para seguir riéndose.
Lo mira.
CARLOS la mira.
Eso le da risa. Una risa que no es burla —es la risa de alguien que ve algo verdadero y hermoso y un poco ridículo al mismo tiempo, que son la mayoría de las cosas verdaderas y hermosas.
CARLOS la ve reírse. No entiende exactamente de qué. Eso lo hace crecerse más.
Entonces lo baja. Sin decirlo. Con la mano que ya hizo magia antes —otro gesto, más suave, casi doméstico— o con una palabra dicha de cierta manera, o con el simple acto de ponerse a su lado en vez de frente a él. El gesto exacto lo inventa MAURA en el momento. Siempre lo inventa en el momento.
CARLOS baja. No sabe que bajó. Pero baja.
ALEJANDRO regresa caminando desde el mar. Ha estado solo con el ácido y con el mar y con todo lo que esas dos cosas producen juntas. Viene de algún lugar que no es un lugar sino un estado.
Ve a MAURA y CARLOS desde lejos. Los ve antes de que ellos lo vean a él.
Y entonces MAURA ve a ALEJANDRO salir del mar.
ALEJANDRO es un lagarto de mercurio.
No es una metáfora. Es lo que Maura ve: las escamas que reflejan la luz del atardecer de una manera que no puede ser natural, la quietud reptil de su postura, algo en los ojos — si pudiera ver sus ojos desde aquí— que sugiere una frialdad de millones de años.
El mercurio en cómo se mueve: fluido, imposible de agarrar, siempre en otro lugar del que parece estar.
Carlos se detiene un momento. Parpadea. ALEJANDRO sigue siendo Alejandro —su amigo, la misma persona de siempre. Y sigue siendo un lagarto de mercurio. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo.
Carlos acepta esto.
ALEJANDRO llega hasta ellos. Se sienta. Hay algo en él que cambió mientras caminaba por el mar.
El lagarto de mercurio que es ALEJANDRO los mira a los dos con sus ojos de millones de años y no dice nada.
Hay un momento de quietud. Los tres. El mar adelante.
El LSD en este punto no produce imágenes sino una especie de claridad excesiva: las cosas son exactamente lo que son, sin amortiguador, sin la distancia habitual entre uno y el mundo.
MAURA mira el mar.
El mar la mira de vuelta.
MAURA se pone de pie.
Camina hacia el agua.
(Suave y contundente a la vez) Voy al mar
Carlos y Alejandro también se levantan, Carlos se va caminando por la arena, Alejandro entra también al mar, se quedan en la orilla viendo el atardecer.
El mar recibe a Maura.
CARLOS camina de regreso por la orilla. Los pies descalzos sobre la arena mojada. El LSD todavía en su sangre — el mundo tiene esa calidad de lo excesivamente nítido, esa transparencia que no perdona: cada grano de arena es un grano de arena específico, cada ola tiene un nombre que él casi puede pronunciar.
Ha caminado lejos. No sabe cuánto tiempo. Bajo el ácido el tiempo no se mide en minutos sino en estados: hubo un estado de risa, luego uno de silencio, luego uno de caminar sin rumbo con la certeza de que caminar sin rumbo era exactamente lo que correspondía.
Adelante, a unos cien metros, algo rompe la geometría del atardecer.
Un grupo de personas se reúne a la orilla del mar. Desde esta distancia son figuras diminutas en movimiento — el desplazamiento de los cuerpos es interesante solo como secuencia, como coreografía de algo que todavía no tiene nombre.
Alguien grita.
El grito llega tarde, filtrado por la distancia y por el ácido. CARLOS lo recibe como un dato más del paisaje, como el viento o el color de la luz. No sabe todavía que ese grito es el sonido que va a dividir su vida en dos mitades.
Dos salvavidas corren hacia la orilla. Hay algo en la manera en que corren — la energía, la determinación — que atraviesa el filtro del LSD y llega directo. Los cuerpos que corren así no corren hacia algo bueno.
CARLOS acelera el paso. Después corre.
Los salvavidas entran al mar. Los segundos se estiran bajo el ácido — cada instante contiene más información de la que un instante debería contener.
Cuando CARLOS llega al grupo, los dos hombres ya salen de entre las olas cargando un cuerpo.
Es ALEJANDRO.
Lo cargan entre los dos, un brazo sobre cada hombro.
Alejandro puede caminar — apenas, con esa torpeza de los cuerpos que acaban de pelear por su vida. Tose. Escupe agua.
Está vivo.
El lagarto de mercurio ha desaparecido. Lo que queda es un joven de dieciocho años que estuvo a punto de ahogarse y que tiembla no de frío sino de algo más antiguo que el frío.
Los salvavidas lo depositan sobre la arena. CARLOS se arrodilla junto a él. Quiere preguntar algo pero las palabras bajo el ácido son objetos pesados que cuesta mover.
Y entonces ALEJANDRO hace el gesto.
Con la poca energía que le queda, con el brazo que todavía puede levantar, señala hacia el mar. Contundente. Sin ambigüedad. Un dedo apuntando al Pacífico con la precisión de quien sabe exactamente lo que está diciendo aunque no pueda decirlo con la boca.
CARLOS no escucha lo que Alejandro murmura. Pero entiende.
Como todos los presentes entienden. Hay otra persona ahogándose.
El nombre llega antes que el pensamiento. Antes que el miedo.
Antes que nada.
Maura.
Los salvavidas regresan al mar. Otros dos jóvenes turistas los acompañan.
Pero CARLOS no sigue a los salvavidas.
Camina en la dirección opuesta, hacia el tramo de playa donde no hay nadie. No lo piensa — lo sabe. El ácido le da acceso a una lógica que no pasa por las palabras: la corriente va hacia allá, el mar se lleva las cosas hacia allá, Maura está hacia allá. Es el mismo instinto con que los cuerpos saben nadar antes de que alguien les enseñe.
Se planta frente al agua. Solo. El ruido del grupo queda atrás como un rumor de otra vida.
Analiza el mar centímetro por centímetro. Con la paciencia obsesiva que el LSD le regala y que en cualquier otro momento sería locura: cada ola tiene una forma, cada forma contiene o no contiene lo que está buscando. Buscando lo fundamentalmente inmóvil dentro de lo que no para de moverse.
Ahí.
Detrás de la segunda fila de olas. Una mancha que no se comporta como el agua. Algo que el mar arrastra sin que oponga resistencia.
CARLOS corre. Se arranca la camisa en el camino sin dejar de mirar el punto exacto donde la vio — si deja de mirarlo, el mar se lo va a tragar.
El Pacífico lo recibe con la misma indiferencia con que lo ha recibido todo el día — las risas, los besos, el gesto de los dedos de Maura, la canción de la Reina de la Muerte y las Flores. Al mar le da igual. El mar no distingue entre un cuerpo que entra a jugar y un cuerpo que entra a buscar un cuerpo.
CARLOS nada. No nada bien — nada con desesperación, con furia, los brazos golpeando el agua como si quisiera castigarla.
Suspendido en su cuerpo. Observando el movimiento incesante del agua. Buscando lo fundamentalmente inmóvil.
El ácido le hace algo terrible: le permite ver todo con una claridad que no tiene compasión. Cada ola es cada ola. Cada metro de agua que recorre es un metro específico. No hay borrosidad, no hay amortiguador entre él y lo que está pasando.
Ve una mancha.
No duda.
El cuerpo de MAURA flota a unos metros. Boca abajo. El pelo negro extendido sobre el agua como una mancha de tinta que el mar está disolviendo.
CARLOS nada hacia ella. Cada brazada la siente heroica — eso que uno sabe desde niño que en algún momento de su vida experimentará. El LSD alimenta la fantasía: los salvavidas la van a resucitar, ella va a abrir los ojos, va a toser, va a decir algo con la menor cantidad de palabras posibles como siempre dice todo, y esto será algo que los tres contarán por el resto de sus vidas. La historia de aquella vez en Mazunte.
No recuerda cómo logra cargar su cuerpo entre las olas. Pasan por su mente varias ideas — imágenes de películas, alguna recomendación de alguien en algún momento de su vida. No sabe cómo pero la pone sobre su hombro, boca abajo, y nada con ella.
El anonimato de este momento. La intimidad. Solo ellos dos y el Pacífico.
CARLOS camina con MAURA en los brazos. El agua le llega a las rodillas. Ella pesa lo que pesan los cuerpos cuando ya no colaboran — un peso distinto, un peso que no empuja hacia ningún lado. Intenta gritar. Lo que sale de su garganta no es lenguaje: son sonidos graves, guturales, arrancados de algún lugar anterior a las palabras. Sonidos de animal. El ácido le disolvió la frontera entre lo que quiere decir y lo que su cuerpo puede producir, y lo que su cuerpo produce es esto: un ruido que no pide ayuda sino que la exige, que la suplica, que la necesita con una urgencia que las palabras no sabrían contener. Los salvavidas están del otro lado. Demasiado lejos. Él sabe lo que cualquiera que carga un cuerpo así sabe sin que nadie se lo diga: esto no lo va a resolver él.
No tiene las manos, no tiene el conocimiento, no tiene nada — solo los brazos que la sostienen y la garganta que sigue produciendo ese sonido terrible que el viento se lleva antes de que llegue a nadie.
El universo se siente lejano.
CARLOS deposita el cuerpo de MAURA sobre la arena húmeda, recién lamida por las olas. La arena parece un piso de mármol oscuro y brillante bajo la luz que queda del día.
Su rostro.
Blanco. Pálido. Dos manchas moradas brotan por encima de los pómulos. Una sustancia viscosa y amarilla escurre del orificio nasal.
La muerte le ha visitado en este atardecer.
El LSD no le permite la distancia que necesitaría para procesar esto. No hay amortiguador. No hay capa protectora entre él y lo que tiene enfrente. La claridad excesiva que hace diez minutos le permitía ver cada grano de arena ahora le obliga a ver cada detalle de lo que la muerte le hace a una cara que amaba.
Los salvavidas llegan. Lo apartan con cuidado. Intentan lo que saben intentar.
No pueden hacer nada por ella.
CARLOS se queda de rodillas en la arena mojada. A su lado, ALEJANDRO — envuelto en una toalla que alguien le puso encima, temblando todavía — con la mirada perdida en algún otro universo menos perturbador que el de su realidad, en estado catatónico, la consciencia de Alejandro determinó que ya no es compatible con el mundo real.
Lo que Carlos experimenta no es dolor. Todavía no. El dolor vendrá después, cuando el ácido se vaya y los deje solos con lo que pasó. Lo que hay ahora es algo anterior al dolor: la certeza física, corporal, de que el mundo acaba de cambiar de sustancia y que no hay regreso.
El sol toca el agua.
La luz tiene esa calidad de las últimas cosas: demasiado hermosa para durar, demasiado hermosa para mirarla directo.
De vuelta al presente. Carlos sentado en una banca del parque. Las gemelas juegan en los columpios. Fernanda se columpia alto, retando los límites. Lucía se columpia despacio, mirando el cielo.
Carlos las observa. Es la primera vez que está a solas con las dos. La cuidadora temporal se fue. Ahora es él.
¡Tío Carlos! ¡Mírame!
Te estoy viendo, Fer. No tan alto.
¿Por qué no?
Porque si te caes, me toca a mí recogerte.
Pues que te toque.
Carlos sonríe a pesar de sí mismo. Lucía se baja del columpio y se sienta junto a él en la banca. Saca un cuaderno y empieza a dibujar.
¿Qué dibujas, Lu?
Lucía le muestra el dibujo: un pájaro con sombrero de chef y un delantal.
¿Es un puffin cocinero?
Lucía asiente sin hablar. Sigue dibujando. Carlos la observa.
Ve algo en la concentración silenciosa de esta niña que reconoce: es la misma forma en que él desaparecía dentro de los libros cuando era chico. La misma estrategia de supervivencia.
Tío, ¿por qué no nos viniste a ver antes?
La pregunta directa de una niña de nueve años que no sabe suavizar nada.
Porque no sabía que existían.
Pero ya sabes. Entonces ¿ya te vas a quedar?
Sí, Fer. Ya me voy a quedar.
Fernanda asiente como adulta, seria sin pestañar. Se va corriendo a los columpios. Lucía, sin levantar la vista del dibujo, toma la mano de Carlos con su mano libre. Carlos mira sus manos juntas. La mano pequeña y la mano grande. No dice nada.
Las gemelas en el departamento de Carlos. El lugar está más limpio que nunca: Carlos lo ordenó antes de traerlas. No perfecto, pero respirable. Las cortinas lavadas. La ventana reparada.
Fernanda explora todo: abre cajones, revisa libros, pregunta por cada objeto. Lucía se sienta en el sillón.
¿Esto es de mi papá?
Carlos voltea. Fernanda sostiene el tablero de ajedrez plegable que Carlos trajo de la hacienda. Las piezas adentro, sueltas.
Tu papá me enseñó a jugar con ese tablero.
¿Nos enseñas?
Ahora no, Fer. Mañana.
(sin levantar la vista del dibujo) Papá no se va a curar, ¿verdad?
El departamento se congela. Fernanda deja el tablero. Mira a Carlos. Carlos mira a Lucía. La niña sigue dibujando, como si la pregunta fuera una línea más en el papel.
Carlos se arrodilla frente a Lucía. Queda a la altura de sus ojos.
Lucía, tu papá está muy enfermo.
(mirándolo a los ojos por primera vez) Si ya sé
Carlos la mira. Ve a la niña que tiene enfrente y ve al niño que fue.
Lucía vuelve a su dibujo. Fernanda se acerca y las tres cabezas quedan juntas mirando el cuaderno de Lucía. Ella dibuja tres figuras tomadas de la mano: un hombre alto y dos niñas idénticas.
Carlitos (10 años) desayuna en la cocina de Fausto. Mate y medias lunas, como siempre. Fausto pone un papel frente a él.
Este es tu nuevo horario. Los lunes y miércoles, piano. Los martes y jueves, natación. Los viernes, ajedrez conmigo. Los sábados, lo que vos quieras. Los domingos, lectura.
Pero yo no sé nadar, tío. Y no quiero.
No te estoy preguntando, Carlitos.
Fausto y Carlitos en la orilla del mar. Carlitos tiembla.
Fausto entra al agua primero. Se voltea. Extiende los brazos.
Me da miedo, tío.
Al mar sin miedo, pero con respeto.
Carlitos entra al agua. Paso a paso. Fausto no lo apura.
Cuando el agua le llega al pecho, Carlitos se aferra al brazo de Fausto. Fausto lo sostiene. Luego, muy despacio, lo suelta. Carlitos flota. Solo. Por primera vez. La cara de terror se convierte en sorpresa, luego en algo parecido a la alegría.
El tablero de ajedrez. Fausto y Carlitos juegan. Primera partida: Fausto lo deja ganar. Carlitos celebra como si hubiera ganado un mundial.
Muy bien, Carlos. Sos un genio.
Segunda partida: Fausto lo destruye en siete movimientos.
Carlitos queda confundido.
¡No es justo! ¡Me dejaste ganar la primera!
Ahora sí aprendiste algo.
¿Qué?
Que la primera victoria fácil no te enseña nada. La primera derrota honesta te enseña todo.
Carlitos asiente, todavía enojado. Fausto empieza a colocar las piezas de nuevo. Carlitos lo ayuda. Súbitamente Fausto tira todas las piezas.
¿Por qué hiciste eso, tío?
A veces pasan cosas que no entendemos y que lo cambian todo. Ahora ayúdame a recoger.
Carlos saca la caja que trajo de la hacienda y una pieza de ajedrez: el Rey Negro. Las fotos. Sus padres. Maura con Carlos y Alejandro en Puerto Escondido, días antes de que todo terminara. Fausto joven en Buenos Aires, en una manifestación con Lucía. La carta.
Se sirve un café con leche y le agrega un poco de whisky.
En algún momento de la noche, abre el botiquín del baño.
Detrás del ibuprofeno y las curitas, un frasco de clonazepam casi lleno.
Toma del basurero una botella de Powerade, vierte todas las pastillas dentro, la llena de agua hasta la mitad, cierra y agita.
Se sienta en el borde de la bañera con la botella en la mano.
La mano tiembla. No está llorando. Está calculando.
Suena el teléfono. Lo ignora. Suena otra vez. Lo saca del bolsillo. La pantalla: "Fernanda."
Contesta.
Tío Carlos, Lucía tuvo una pesadilla y está llorando. La señora no la puede calmar. ¿Le puedes contar un cuento?
Carlos mira la botella con la mezcla letal en su mano. Mira el teléfono.
Deja la botella en el suelo.
Pásamela, Fer.
Silencio. Luego la respiración entrecortada de Lucía.
Tío...
Estoy aquí, Lu. ¿Quieres que te cuente un cuento?
Sí.
Ok, a ver, ahí va. Había una vez un lobo, en un lugar muy lejano, que le tenía mucho miedo al fuego. Todos en ese lugar le tenían miedo a él, pero este lobo temblaba cada vez que veía una llama. Una noche, en el bosque, iba explorando un nuevo camino que no conocía. Encontró una fogata que alguien había dejado encendida. Con miedo y temblando, se decidió acercar a la
fogata. Ya que lo había decidido, se dio cuenta que cada paso que daba le daba menos miedo. Y en lugar de huir, se sentó a mirarla, a mirar eso que toda su vida lo había aterrado. Y descubrió algo: el fuego no quería quemarlo. El fuego solo quería que alguien se sentara junto a él. Entonces el lobo se acercó más y sintió como le quitaba el frío. Pasó la noche viendo cómo se iba extinguiendo, cómo se convertía en brasas incandescentes. De pronto se quedó dormido y cuando despertó ya solo había cenizas.
Silencio al otro lado. Lucía se durmió. Carlos escucha su respiración acompasada.
Carlos tira la mezcla letal en el escusado. Se sienta en el piso del baño. Se queda ahí, con el teléfono contra el oído, escuchando respirar a una niña que no es su hija pero que acaba de salvarle la vida sin saberlo.
Carlos corre por el pasillo. Las luces fluorescentes parpadean. Llega a la habitación. La puerta está abierta. Un médico sale. Lo mira. No dice nada. No tiene que decir nada.
Carlos entra. Fausto está en la cama. Los ojos cerrados. La cara en paz. La máquina del suero ya no gotea. Alguien la desconectó. En el bureau el Rey Negro.
Carlos se sienta en la silla junto a la cama. Toma la mano de Fausto. Todavía está tibia. Carlos aprieta esa mano contra su frente. Se queda así.
Aquí estoy papá, aquí estoy.
Se queda con él hasta que la mano se enfría. Luego la suelta con cuidado, como quien deposita algo frágil sobre una superficie delicada. Se levanta. Mira a Fausto una última vez. Sale de la habitación sin voltear.
Carlos sentado en el cofre del auto. El amanecer empieza a romper sobre los edificios. No llora. No puede. Todavía no.
Saca el teléfono. Llama a Laura.
Lau, se fue.
Silencio al otro lado. Luego la voz de Laura, rota:
Voy para allá, Chero. No te muevas.
Carlos cuelga. Mira el cielo. Las nubes se mueven a una velocidad inusitada.
Funeral pequeño. Poca gente: Carlos, las gemelas, Laura, una pareja mayor —posiblemente amigos de Fausto— y junto a la puerta, con el cuerpo fuera de la habitación, pero la presencia muy dentro, Isabel.
Las gemelas están de negro. Fernanda rígida, la mandíbula apretada, conteniendo todo. Lucía llorando en silencio, abrazando el cuaderno de dibujo contra el pecho.
Carlos está entre las dos. Les sostiene las manos.
(apretando la mano de Carlos) ¿Ahora qué va a pasar?
Carlos la mira. Mira a Lucía. Mira a Laura que está a unos metros, lavándose las lágrimas de la cara. Mira a Isabel que está lejos, medio escondida detrás de un árbol, con lentes oscuros de marco verde fosforescente.
Vamos a ir a desayunar. Y después vamos a ir al departamento. Y después vamos a estar juntos. Un día a la vez. Aquí estoy. Fernanda asiente.
Isabel da media vuelta y se va antes de que Carlos pueda hablarle. Carlos la ve irse. No la sigue. No puede. Tiene a las dos niñas de la mano.
Las gemelas duermen en la cama de Carlos. Él las acostó juntas. Fernanda en posición fetal, apretando una almohada.
Lucía con el cuaderno de dibujo bajo el brazo, incluso dormida.
Carlos está en la sala. Sentado en el sillón. La misma posición que al inicio de la película, pero todo es diferente. El departamento está limpio. La ventana reparada.
Las cortinas inmóviles.
Mira la lista de pendientes. La toma. La lee: "preparar clase, reparar ventana, ir al dentista — URGENTE." Todo tachado menos "ir al dentista." Se ríe. Una risa amarga, corta.
Saca el teléfono. Mira la conversación con Isabel. El último mensaje es de ella: "Estuve en el funeral. Lo siento mucho, Carlos. Me voy la próxima semana a Santiago."
Carlos escribe: "Gracias por estar ahí." Lo borra. Escribe: "No te vayas." Lo borra. Escribe: "Te quiero." Lo borra. Se queda con el cursor parpadeando en la pantalla vacía.
Llora. Carlos llora de verdad. No es el grito de la playa con Maura, ni el llanto contenido en el hospital. Es un llanto silencioso, largo, que surge de algún lugar desconocido.
Llora por Fausto. Por sus padres. Por Maura. Por Alejandro que nunca volvió a hablar. Por Isabel que se va. Por el niño que fue y por el hombre que no sabe cómo ser.
Desde la habitación, la voz de Fernanda:
(desde la habitación, adormilada) ¿Tío? ¿Estás bien?
Sí, Fer. Está todo bien. Duérmete.
¿Estás llorando?
Un poquito.
¿Por papá?
Por muchas cosas, Fer. También de felicidad porque están aquí. Pausa larga.
Yo también estoy llorando un poquito.
Carlos se levanta del sillón. Camina a la habitación. Se acuesta entre las dos gemelas. Fernanda se acurruca contra él. Lucía, dormida, se acomoda también, como si un imán la jalara. Carlos queda en medio, mirando el techo.
El mismo techo que antes cubría un departamento con cortinas vomitadas y olores a cerveza y cigarro. Ahora huele a shampoo de niña y a un suavizante de ropa que Carlos compró por primera vez en su vida.
La cámara se aleja. Tres cuerpos en una cama. El hombre que flotaba solo ahora está sostenido. No por el agua: por dos niñas que no le pidieron permiso para salvarlo.
Carlos maneja la misma ruta que tomó con Alejandro y Maura veinte años atrás. Pero ahora el coche está vacío. El asiento del copiloto donde iba Maura con los pies en el tablero, vacío. El asiento trasero donde Carlos iba, vacío.
La carretera sube entre nubes. Carlos no pone música. Maneja en silencio. En la guantera: la carta de Fausto, el lienzo enrollado del lobo, y una foto de las gemelas que Fausto le dio antes de irse con la frase escrita con tinta azul: "Para que no te pierdas."
Parada en la misma curva donde se detuvieron de jóvenes a tomar una foto. Carlos baja del auto. Mira el valle. Las nubes pasan debajo de él. Se permite recordar a Maura riéndose aquí, el pelo volándole con el viento. A Alejandro haciéndose el payaso sobre la barda.
Carlos contempla. Cada mirada se carga de contemplación.
San José del Pacífico. El mismo pueblo en las nubes. Algunas cosas cambiaron: hay más tiendas de artesanos, un par de hostales nuevos, un letrero de "mushroom tours" que hubiera hecho reír a Maura y a Alejandro. Pero las nubes siguen pasando entre las casas como fantasmas lentos.
Carlos llega a la casa del techo azul. Ya no es azul: ahora es verde deslavado. Toca la puerta. Abre una mujer.
Es Glasha ya mayor (Setenta y tantos años).
La profundidad del azul en sus ojos se ha avivado aún más.
(en español con acento eslavo) ¿Qué buscas?
Vine hace veinte años. Con dos amigos. Glasha lo mira. Un silencio largo. Luego:
Hace no mucho vi a tu amiga en un sueño…
Carlos no puede responder. Glasha abre aún más la puerta.
Pasa.
Velas. Copal. Glasha canta en mixteco. Carlos come los hongos en silencio. Solo.
El copal se espesa. Carlos cierra los ojos y lo que encuentra detrás de los párpados no es oscuridad sino cielo. El cielo de la hacienda. Ese cielo específico que solo existió una vez y que lleva treinta años guardado en algún lugar de su cuerpo que no es la memoria: las nubes que pasan sin prisa, ajenas a todo, vistas desde abajo, desde el pasto mojado, desde la espalda de un niño que no puede levantarse. Las nubes no han cambiado. Tienen la misma lentitud obscena de aquella mañana, la misma indiferencia hermosa, el mismo desplazarse como si el mundo de abajo — el fuego, el crujir de la madera, el dolor en el pecho de un niño de nueve años — no las concerniera en absoluto. Carlos las mira desde dentro de sí mismo con los ojos que tenía entonces, y las nubes se disuelven, y lo que queda cuando se van es el pasto, y sobre el pasto Carlitos.
Carlos se ve a sí mismo de niño. Carlitos (9 años) parado en el pasto húmedo de la hacienda, con la cobija, temblando.
Carlos adulto se acerca. Se arrodilla.
Se abrazan. El niño y el hombre. El que fue y el que es. Un abrazo que dura una eternidad que dura un segundo.
Carlos sentado en el mismo mirador de hace veinte años. El mismo valle de nubes. El mismo sol detrás de las montañas.
Pero esta vez está solo y está bien.
Llora. Un llanto largo, limpio, sin alcohol, sin desesperación. Un llanto de liberación. Como si algo que llevaba cargando treinta años por fin encontrara la salida.
Saca el teléfono. Llama a Laura.
Lau, voy a llevar a las niñas a Mahahual.
¿Mahahual? ¿Dónde queda eso?
En el Caribe. Fausto quería llevarlas ahí. Hay unos planos de un hotelito. Voy a construirlo.
Chero... ¿Estás seguro?
Sí. Es lo que toca. Ya nos visitarás, querida. Te voy a extrañar.
Carlos espera a Diego después de clase. Diego sale con audífonos, mochila al hombro. Lo ve. Se detiene. No esperaba esto.
Diego. ¿Tienes un minuto?
Diego se quita los audífonos. Asiente. Caminan por el pasillo. Algunos alumnos los miran.
Quiero pedirte una disculpa. Por cómo reaccioné en clase. Fui un imbécil.
Está bien, profe. La neta yo también estuve medio mamón.
Carlos extiende lentamente su mano hacia el hombro de Diego.
No, no está chido. Pero tocaste fibras, cawn.
Diego lo mira. Hay algo nuevo en la forma en que Carlos habla: no está dando cátedra. Está siendo honesto.
Silencio. Diego procesa. Algo cambia en su cara.
Mi papá se murió hace un año. Se parecía mucho a usted.
Lo siento.
¿Cómo se supera?
No se supera. Se aprende a cargar. Y si tienes suerte, encuentras a alguien que te ayude con el peso.
Diego asiente. Se dan la mano. Carlos le pone la otra mano en el hombro. Un gesto breve, sin artificios.
Gracias, profe.
Carlos. Me llamo Carlos.
Diego sonríe. Se pone los audífonos. Se va. Carlos lo observa irse por el pasillo. Ve al niño que él fue. Ve al hombre que Diego va a ser. La línea entre ambos ya no duele.
Carlos toca el timbre. Mochila al hombro. Pero ahora trae dos mochilas más, pequeñas, de colores. Una azul para Fernanda, una verde para Lucía.
La puerta se abre. Las gemelas salen corriendo. Fernanda se le lanza encima. Lucía se acerca despacio y le toma la mano.
¡Ya era hora! ¿A dónde vamos?
Primero a desayunar. Después les cuento.
Una fonda modesta. Chilaquiles. Carlos frente a las gemelas.
Es un momento ordinario que se siente extraordinario: un hombre desayunando con dos niñas. Nada heroico. Todo heroico.
¿Ya eres nuestro papá?
La pregunta directa de siempre. Carlos no la esquiva.
Soy su tío. Pero como les dije, voy a estar aquí. Siempre.
¿Y cuál es la diferencia?
Que un tío te deja comer más chilaquiles y Muffins de chocolate blanco.
¿Puffins?
Fernanda se ríe y se sirve más chilaquiles. Lucía sonríe sin levantar la vista de su cuaderno, donde está dibujando.
Oigan, ¿conocen un lugar que se llama Mahahual?
¡Sí! Papá siempre decía que íbamos a vivir ahí cuando se curara. Lucía deja de dibujar. Mira a Carlos.
¿A Mahahual? ¿De verdad?
De verdad. Su papá tenía unos planos. Un hotelito frente al mar. Pequeño. Con manglar. Y seguramente con puffins.
¡No hay puffins en el Caribe, tío!
Bueno, hay pelícanos. Son como puffins gigantes y feos. Las dos ríen. Carlos ríe con ellas.
ISABEL va viendo las nubes por la ventana del avión, lleva audífonos puestos. Suspira. A su lado va sentado un niño gordito y pecoso. Le jala del suéter a Isabel y llama su atención. Ella voltea a verlo. El niño la mira unos segundos sin decir nada.
¿Estás viendo a dios?
Uy, ¿por qué lo preguntas? ¿Cómo te llamas?
Traes cara de que estás viendo algo importante. Y yo solo veo nubes.
Isabel sonríe con ternura, pero también sin saber muy bien cómo contestar.
(suspirando, le contesta susurrando) Pues estoy viendo todo lo que ya no fue. Quién sabe, tal vez eso también es dios.
Última clase de Carlos. Los alumnos no saben que es la última. Carlos está parado frente al pizarrón.
Carlos vuelve a dibujar los dos círculos de ficción y realidad. Luego toma el plumón. Borra el círculo grande que los contenía.
Hoy vamos a cambiar algo. Me equivoqué al principio del semestre. Les dije que crear es más importante que creer. No es cierto.
Los alumnos se miran. Diego, en su lugar, se inclina hacia adelante.
Lo que es importante es habitar.
Dibuja un nuevo diagrama: no círculos, sino una línea horizontal con dos puntos. "NARRAR" a la izquierda, "HABITAR" a la derecha. Y una flecha de izquierda a derecha.
La tarea de la vida no es contar la historia. Es caminar adentro de ella, habitarla. Silencio en el aula. Diego asiente.
¿Y si la historia duele?
Pues entonces toca decidir estar presente en lo que el dolor no pudo destruir.
Carlos deja el plumón sobre el escritorio. Mira a sus alumnos. Sonríe.
Bueno chavos, fue un honor darles clase. Cuídense mucho.
Sale del aula. Los alumnos se miran, confundidos. Diego se queda un segundo de más mirando el pizarrón con el nuevo diagrama. Luego se pone los audífonos y sale.
Carlos maneja. Fernanda va de copiloto con los pies en el tablero, exactamente como Maura venía años atrás. Lucía va atrás, dibujando en su cuaderno. La mochila de Carlos en la cajuela, junto a dos maletas pequeñas y la caja de madera de la hacienda.
La carretera es larga. De la Ciudad de México al Caribe. El paisaje cambia: montañas, llanuras, selva, y finalmente el mar. El Caribe mexicano, turquesa, imposiblemente quieto.
Tío, ¿falta mucho?
No. Ya casi.
Eso dijiste hace dos horas.
Y era verdad hace dos horas. Ya casi.
Lucía se asoma entre los asientos. Mira por el parabrisas. El mar aparece al fondo de la carretera como una línea azul que se ensancha.
Ahí está. El mar!!
Las tres cabezas miran al frente. El mar. Mahahual.
Llegan. Mahahual es un pueblo pequeño frente al arrecife mesoamericano. Casas bajas, palapa, arena blanca, manglares.
Un lugar donde el tiempo se mide en mareas, no en horas.
Carlos estaciona frente a un terreno con palmas. Bajan del auto. Las gemelas corren hacia la playa. Carlos se queda parado junto al auto, mirando el terreno.
Saca los planos de Fausto de la caja: un dibujo a mano de un hotel rústico con seis cabañas, un área común con hamacas, y un camino de madera que lleva al manglar. En la esquina del plano, con la letra temblorosa de Fausto: "Hotel Puffin."
Carlos se sonríe.
Mira el terreno. Mira el mar. Mira a las gemelas corriendo por la arena, quitándose los zapatos, metiéndose al agua.
¡Tío! ¡El agua está increíble!
(metida hasta las rodillas) Se puede ver el fondo.
Carlos se quita los zapatos. Enrolla los planos y los guarda.
Camina hacia ellas. Entra al agua. El agua del Caribe lo recibe tibia, transparente, quieta. Nada que ver con el Pacífico de Maura. Este es otro mar. Un mar donde se puede ver el fondo.
El hotel existe.
Tiene un mural que pintó Lucía. Seis cabañas rústicas de madera, exactamente como en los planos de Fausto. Hamacas.
Buganvilias. Un sendero de madera que se pierde entre manglares. Un letrero tallado a mano: "HOTEL PUFFIN."
Carlos (70 años) camina despacio por el sendero de madera.
Canoso, delgado, con la espalda ligeramente encorvada. Viste una guayabera blanca, pantalones de lino, sandalias. Lleva un bastón que no usa para apoyarse sino para señalar cosas.
Fernanda (48 años) y Lucía (48) caminan a su lado. Mujeres adultas. Fernanda lleva el pelo corto y una expresión que irradia la misma energía que tenía de niña. Lucía tiene el pelo largo, lentes oscuros.
Plano secuencia recorriendo los pasillos del hotel, hasta llegar a un descanso desde donde se ve el mar a través de una ventana circular. Junto a la ventana: el cuadro del lobo enmarcado con un marco azul turquesa.
Carlos viejo (70 años), solo. Las gemelas se fueron. La playa está vacía. El sol baja sobre el Caribe, tiñendo todo de naranja y violeta.
Carlos se quita las sandalias. Las deja en la arena. Camina hacia el agua. Despacio. Sin prisa. Con la serenidad de quien sabe exactamente a dónde va.
Entra al mar. El agua le llega a los tobillos, a las rodillas, a la cintura. Se detiene. Respira. Se deja caer hacia atrás.
Flota boca arriba. Los brazos extendidos. Los ojos al cielo.
El mar lo sostiene. No hay prisa. Solo el agua.
Es el cuarto tiempo del prólogo. El agua que libera. El ciclo se cierra.
El granero de la hacienda. Atardecer.
Un plano de objetos: dos pares de huaraches junto a la puerta. Un petate extendido sobre la paja. Una lámpara de aceite encendida en el piso, demasiado cerca de lo seco.
Sonido: risas adentro. Después voces. Después una sola voz — la de un hombre que no se estaba riendo.
La puerta del granero vista desde afuera. Cerrada. Los sonidos cambian de naturaleza: algo se golpea, algo cae, una voz de mujer que dice una sola palabra que no alcanzamos a distinguir.
La puerta se abre de golpe. FAUSTO sale. Camisa abierta.
Descalzo. No corre todavía — camina con la velocidad específica de alguien que sabe que debe irse pero que todavía no ha decidido hacia dónde.
Detrás de él, dentro del granero, la lámpara de aceite ya no está donde estaba.
Nadie la ve caer. Nadie ve el momento exacto en que el aceite toca la paja. Las cosas que destruyen familias enteras suceden mientras todos miran hacia otro lado.
Un hilito de humo sale por debajo de la puerta del granero.
Delgado. Casi nada. El viento de la tarde lo disuelve.
CARLITOS (9 años) cruza el patio de la hacienda con la cobija sobre los hombros. Camina hacia el granero. No corre — camina con la lógica de un niño que escuchó ruido y va a ver qué pasa.
La puerta del granero empieza a brillar desde adentro. Un resplandor anaranjado por las rendijas de la madera, como si el sol se hubiera metido ahí dentro.
Entonces la puerta revienta.
Lo primero que sale no son personas.
Son las cabras.
Tres, cuatro, cinco cabras en llamas atraviesan la puerta como proyectiles de un infierno que no debería existir en una hacienda familiar un martes cualquiera. El fuego sobre sus lomos tiene una belleza atroz — los cuerpos se mueven con la desesperación exacta de lo vivo que se está dejando de estar vivo, sin dirección, sin lógica, cada una hacia un punto distinto del patio como una explosión de carne y fuego.
Una de ellas embiste a CARLITOS de frente.
El golpe es seco. El niño cae de espaldas sobre el pasto. La cobija amortigua la caída pero no el golpe en la nuca. Los ojos de Carlitos se cierran.
La hacienda desde lejos. Plano general. Noche.
El granero arde con la potencia de lo que fue construido para contener paja y contiene paja. Las llamas se extienden a la casa principal — el techo de madera las acepta sin resistencia, como si hubiera estado esperándolas.
Adentro del granero hay dos personas. La película no las muestra. La película no necesita mostrarlas. Lo que el fuego se lleva, se lo lleva entero: los huaraches, el petate, la lámpara, los cuerpos, los nombres. Lo único que queda es lo que estaba afuera.
Las llamas iluminan el patio entero con una luz que convierte la noche en una versión demoníaca del mediodía. Las cabras que sobrevivieron balan desde algún punto de la oscuridad circundante. Es el único sonido que compite con el fuego.
Después la lluvia.
Llega sin aviso, como llegan las lluvias en la sierra: un momento no está y al siguiente es lo único que existe.
Gruesa, vertical, decidida. Cae sobre el incendio con la paciencia de lo que no tiene prisa porque sabe que va a ganar.
El vapor que se levanta del encuentro entre el agua y el fuego llena el plano de una niebla densa y blanca que lo borra todo. La hacienda desaparece detrás de su propio humo.
El granero se convierte en una forma oscura que ya no tiene nombre.
La lluvia cae sobre el pasto. Sobre la cobija. Sobre la cara de CARLITOS inconsciente.
El pasto se empapa. El rocío de la mañana colgará después en cada brizna como pequeñas lunas — pero eso será mañana, cuando FAUSTO regrese y lo encuentre y lo cargue y se lo lleve de este lugar que ya no es un lugar sino un después.
La fogata en el terreno baldío. Carlos adolescente, Alejandro y Maura. Tres meñiques entrelazados sobre las llamas. Las risas. El pacto. El fuego que calienta a tres jóvenes que aún no saben lo que van a perder.
Carlos adulto en el balcón de su departamento, solo, de noche. El encendedor prendiendo un cigarro tras otro. La brasa roja en la oscuridad. El fuego pequeño y repetitivo de quien se consume lentamente sin que nadie lo note.
Fogata en la playa de Mahahual. Carlos, Fernanda y Lucía (niñas). Malvaviscos. La luna reflejada en el mar quieto.
Lucía se ríe con la boca llena de malvavisco. Carlos mira las llamas.
Pero esta vez no se pierde en ellas.
Mira a través de ellas.
Y del otro lado están las niñas.