El viejo alegre sonríe viendo a sus dos hijas correr en la playa del mar hermoso, el lugar más puro del Caribe mexicano. Lleva varios años trabajando en la costa, en el pequeño hotel que construyó aquí durante el tiempo en que prefirió distanciarse de la sociedad. Aquí vio crecer a sus hijas, al amparo de la naturaleza, en medio de la obscura y misteriosa selva donde las plantas y los animales no son inferiores al ser humano, pues comparten esa misma delgada línea de la muerte natural. Las protegió durante el tiempo que pudo; les dio una buena educación; les enseñó a vivir bien y a sentirse agradecidas con la vida: las vio siempre como si fueran sus propias hijas.
Una de ellas habrá de ser mamá en unos pocos meses; la otra se irá a la ciudad a estudiar filosofía y de ahí a decidir el rumbo de su vida. El viejo sonríe. Una lágrima recorre su mejilla, mientras observa la palapa que conforma el techo de su cuarto. El llanto crónico ha finalizado. El último suspiro da cabida a su afán de vida. El viejo muere siendo transportado en una pequeña barca de maderos. La naturaleza sabrá qué hacer de sus restos.
Es la caída del pequeño lo que opaca la belleza de la tarde. Todavía no entiende qué ha pasado, está aturdido y siente un fuerte dolor en la sien. Al ver aquella imagen se percata de una realidad difícil de asimilar, más aún en aquel estado de disturbio mental. Piensa que a partir de ese momento deberá enfrentar el mundo a solas, una soledad que nunca más habrá de abandonarlo. Una pregunta lo consume por dentro: ¿cuándo he de morir yo? Su alma derrama una lágrima de sangre, mientras un llanto silencioso se apodera de él. No sabe qué hacer. El cuerpo de su padre yace colgado, una soga se ciñe fuertemente sobre su delicado cuello, y un charco de sangre coagulada va creciendo con el goteo lento pero constante que se derrama desde la mano sin vida. Un espejo en la parte posterior del establo refleja la lamentable escena, una visión de la cual el pequeño nunca podrá reponerse..
Tras un breve tiempo de reflexión, el pequeño se empeña en recobrar el aliento. Está exhausto, pero consigue ponerse de pie sobre su pierna derecha con la ayuda del barandal de la escalera que rodea la parte central del edificio. El pequeño sale del establo sin mirar atrás. Ha decidido que nunca más miraría hacia atrás.
El pequeño empieza a correr. Corre sin detenerse, a pesar del inmenso esfuerzo que le supone. No puede dejar de pensar en lo que ha visto, y en su mente todo pierde nitidez, todo parece tan irreal. ¿Será cierto lo que vi? ¿O será que me estoy volviendo loco? Con estas preguntas el pequeño corre y abandona para siempre la seguridad de su infancia. El pequeño ya nunca será el mismo. Ha perdido a sus únicos seres amados y con ello su corazón ha sido despojado para siempre de su sagrada inocencia infantil. Su raciocinio ha perdido toda posibilidad de sentimiento.
Un hombre barbudo sucede al niño. Su persona no ha sido la misma desde lo ocurrido dos décadas y media atrás, en la antigua hacienda. Se ha convertido en un individuo enteramente vacío por dentro, un ente sin tacto, su vida gris como complemento de su figura: una figura externa que asimila de forma indiferente todos los problemas existenciales de las personas cercanas a él. No es ni siquiera una mala persona. Tan sólo es alguien que, en el fondo de su ser, sólo confía en sus pensamientos para configurar su existencia.
Su amante ignora gran parte de su pasado. El hombre siempre ha mantenido una postura cerrada en cuanto lo ocurrido en su infancia. Hace cinco años que están juntos. Se conocieron a finales de la carrera, como estudiantes de Historia en la misma universidad.
Desde que la vio por primera vez tuvo la intuición de que tal vez podría amarla. Una fría corazonada. Pero él nunca la buscó; fue ella quien desde un principio lo miró con ojos de lujuria perdida, fue ella quien se atrevió a transgredir la barrera que lo circundaba. Él simplemente le correspondió, le abrió la puerta a sus confines. Fue hasta el tercer semestre de la carrera cuando comenzaron una relación seria, cuando la joven por fin se decidió a cortar el cordón umbilical que la unía a su familia para rentar un departamento en la colonia Condesa, junto con su mejor amiga.
Contrario a su intuición inicial, él nunca ha podido enamorarse por completo de ella.
No sabe si algún día lo logrará. Hay veces en que quisiera amarla, a pesar suyo, a pesar de todo, a pesar de su pasado. Sin embargo, él ya no quiere sufrir otra pérdida, y ese temor es más grande que su voluntad, que su cariño hacia ella. Es por lo mismo que prefiere mantenerse aislado de todos, incluida ella. Se siente atormentado por sus recuerdos. Poco tiempo después del asesinato de sus padres dieron con el culpable, quien fue liberado hace apenas un par de meses. A raíz de ello se han recrudecido los fantasmas de su pasado, se sabe más que nunca condenado a habitar días absolutamente grises: la vida monocromática de una temprana y violenta orfandad.
El día en que se cumple el veintiséis aniversario de aquel ineludible recuerdo, el hombre barbudo despierta de golpe. Un sudor frío se apodera de su cuerpo, un escalofrío repetitivo que lo recorre hasta el punto más bajo de su espalda. A juzgar por su aspecto atormentado parecería que no ha dormido en semanas. Emite un grito grave que viene acompañado de un llanto seco: no derrama una sola lágrima. Su amante lo abraza fuertemente. No es más que una pesadilla, le dice ella, para reconfortarlo. Pero él sabe que no es un mal sueño lo que lo tiene así: es el recuerdo su alegre padre, de su cuerpo inerte colgando en medio del establo. Desde aquel episodio nunca ha regresado a la antigua hacienda que lo vio nacer, y no tiene intención alguna de regresar. Esa imagen lo atormenta, lo persigue cada vez que intenta conciliar el sueño. Por eso recurre con mayor frecuencia a los somníferos, pues al menos las pastillas logran atenuar la crudeza de sus recuerdos. Se siente tenso, ofuscado. Prende un cigarro de mariguana mientras su amante se queda nuevamente dormida entre sus brazos, segura al amparo de su barbudo. Él tan sólo mira hacia el balcón de su habitación, mira con indiferencia esa mar de luces que son el reflejo de una ciudad dormida. No piensa en nada.
El Tío es quien se hizo cargo del pequeño después de la tragedia. El Tío era un hombre testarudo, con personalidad sobria. Sabía que el pequeño vivió una experiencia traumática; lo sabía por el expediente que le entregó la policía, donde se detallaba lo ocurrido con sus padres; lo sabía, también, por la mirada perdida del niño. Durante los primeros meses el Tío hizo su mejor esfuerzo por entender al pequeño huérfano, sentía una compasión sincera por él. El pequeño, sin embargo, reaccionaba con hostilidad ante cualquier intento de acercamiento. El niño no comía y hablaba a regañadientes. En un principio sus intentos por hacer del niño un niño normal resultaron inútiles: el pequeño no lograba olvidar lo ocurrido en el establo, todas las noches revivía en sus sueños la dramática escena. Es por ello que la cordialidad y el afecto inicial del Tío cedieron conforme el niño fue colmando su paciencia.
A partir de ese momento el Tío decidió ser más estricto con el pequeño, pues creía firmemente que los buenos hábitos se forjaban en la constancia y la disciplina. Buscó que el pequeño se convirtiera en una persona responsable. Ésa era la única enseñanza real que le podría dejar, la forma como él mismo había sobrevivido en el mundo. Al pasar los años el Tío notó cierta mejoría en el niño, quien entrando a la pubertad demostró, al menos, ser un buen alumno en casi todas sus materias escolares.
A lo largo de toda la primaria, el niño fue bastante tímido y casi no hablaba con los demás alumnos de su clase. Los profesores percibían que el pequeño tenía una capacidad intelectual sobresaliente, pero sus compañeros de clase se burlaban a menudo de él y en reiteradas ocasiones lo humillaron cruelmente durante los descansos. En una de esas ocasiones, el indefenso infante recibió una golpiza injustificada por parte de tres de sus compañeros. Sin embargo, y para sorpresa de todos, el niño reaccionó con furia y aventó sus puños cerrados a la mandíbula de uno de los agresores. Aquel agresor era un niño que tampoco hablaba mucho en clase, un niño raro que se convertiría años más adelante en un joven excéntrico. Después de aquel episodio, el futuro excéntrico se interesó por el niño que valientemente se había defendido de sus agresores, y eso marcó el improbable inició de su larga amistad. El excéntrico terminaría convirtiéndose en su cómplice de extensas pláticas sobre filosofía, literatura e historia. Fue con este amigo que el joven fumó mariguana por primera vez, en un viaje Acapulco, junto con otros buenos nuevos amigos, quienes a pesar de ser mayores que él siempre lo respetaron como un miembro más del grupo. Después de aquel episodio, el joven desarrolló una afición por la mariguana y en general mostró una personalidad precoz y curiosa en cuanto todo tipo de sustancias que le permitieran explorar su realidad desde otra perspectiva.
En cuanto a su educación preparatoria, el joven decidió llevarla a cabo conforme al sistema abierto. Dada su facilidad para el estudio, esto significó una gran cantidad de tiempo libre a su disposición, y la experiencia le enseñó cosas de la vida que un chico normal a su edad se hubiera tardado más tiempo en aprender. Con el mundo por delante, en medio de la locura y pureza de la hermosa y costosa pubertad, el joven y su excéntrico amigo conocieron a una chica que veía el mundo de manera muy parecida a ellos. Esta joven les abrió una nueva perspectiva, el punto de vista intelectual femenino, algo que ellos pronto aprendieron a respetar y algo que el joven nunca olvidaría e incluso compararía con toda mujer que conoció a futuro.
El joven estableció un estrecho lazo con este par de personajes, un lazo sentimental que no había podido encontrar ni siquiera con su Tío el testarudo. Gracias a ellos logró por primera vez salir de los muros que se había construido en torno suyo a raíz de la tragedia ocurrida a sus padres. Ellos dos se convirtieron en las únicas personas que en verdad estimaba y se juró a sí mismo que nunca defraudaría su confianza. Sin saberlo, el joven cargaba todavía consigo una culpa infundada, la de haber defraudado a sus padres, la de haberlos dejado morir. Pero de la mano de este par de amigos el joven emprendió una búsqueda intelectual que le permitió ir madurando su distanciamiento del mundo que lo rodeaba. Los tres se cuestionaban a menudo sobre la diferencia entre la locura y la cordura; pensaban que se trataba de una línea muy delgada, una brecha tal vez inexistente que nadie podrá nunca definir o comprobar.
Fue en ese periodo de exploración intelectual y emocional que el trío de jóvenes decidió emprender un viaje en coche para conocer de forma más pura la vida y geografía de su país. Tras cinco horas de trayecto, los tres jóvenes inexpertos llegaron por fin a San José del Pacífico, en lo alto de la sierra. Se sintieron intimidados por la magia que emanaba aquel pueblo enclavado en las nubes, el corazón del antiguo imperio Mazateca. Habían llegado ahí con la intención de consumir hongos alucinógenos, los mismos hongos que décadas atrás María Sabina le había dado a probar a su Tío el testarudo. Según la opinión del excéntrico, quien ya los había consumido anteriormente, aquellos hongos eran el mejor psicotrópico del planeta, incluso mejor que el LSD: “Los hongos son la carne de los dioses.
La naturaleza nos provee de todo tipo de substancias, y no hay por qué tenerles miedo. Al contrario, hay que abrazarlas y aprovechar todo el conocimiento que ellas nos transmiten.
Es una experiencia que puede cambiar a todo ser humano y demostrarle la existencia de otra realidad que sólo logramos contactar con el consumo de tan delicado regalo de la naturaleza.” El día estaba despejado. Al bajar del coche notaron que el pueblo era bastante pequeño, y no tardaron mucho en conseguir una cabaña dónde dormir. Cuando el excéntrico salió en búsqueda de los hongos, el joven y su problemática compañera sucumbieron a sus instintos y comenzaron a tocarse apasionadamente y, en pocos segundos, sus prendas yacían inertes sobre el piso de madera. Sin embargo, ella aún era virgen y se sintió rápidamente intimidada ante su mutua desnudez, por lo que no concretaron el acto. El joven, de temperamento fuerte, se fingió indignado. Recogió su ropa del piso, se lió un cigarro de marihuana, y abandonó la cabaña en busca de su amigo. Estando afuera, aprovechó el intervalo de soledad para llamar por teléfono a su Tío testarudo y saludarlo.
Ya en posesión de los Teonanacatl –nombre que los Mazatecas otorgaron a estos pedazos de carne divina– se encaminaron a la casa de una peculiar señora de noventa años, la cual vivía en México desde hacía más de cuatro décadas. A pesar de que la mujer ciertamente no era mexicana, su amor por estas tierras era igual o mayor que el de cualquier mexicano por nacimiento. Ella era musulmana de religión, y entonaba siempre una melodía suave que hablaba de María Sabina, la gran sacerdotisa de los hongos sagrados, y solicitaba protección a los lagos encantados de Monte Bello, a las Pinturas de Bonampak como guarida de nuestra batalla interna, y al Rey Pakal, emperador de Palenque, para mantener nuestra alianza con nuestros hermanos humanos. Terminada su canción, la mujer les preparó un té con miel, canela y hojas de eucalipto, para disfrazar el amargo sabor del tan mágico fruto. Los tres jóvenes miraban fijamente el horizonte perdido entre las montañas y las nubes; el sol colgaba en lo alto del cielo. Con gran respeto, los jóvenes saludaron a los cuatro puntos cardinales y, a sugerencia de la anciana, hablaron con ellos. El viaje fue una de las mejores experiencias en sus cortas vidas. Tras aquel inolvidable episodio, los jóvenes abandonaron la sierra en dirección a la costa.
El sol de la costa impactaba directamente el rostro del joven, quien se sentía un tanto atormentado pues no lograba recordar lo que había sucedido la noche anterior. Su memoria colapsaba en el momento en que había consumido la ultima dosis de tequila. Llevaban ya cuatro días en las playas oaxaqueñas, tan espléndidas para practicar surf por las mañanas.
El joven y el excéntrico eran buenos para el surf, y durante aquellos días habían intentado motivar a la problemática para que probara suerte sobre la tabla, aunque sin mucho éxito.
Fue hasta después del mediodía cuando el joven recobró una mediana percepción de las cosas, con la arena pegada al cuello por el sudor, y con una resaca sin precedentes. Al caminar hacia la cabaña vislumbró sobre la arena el cuerpo inmóvil de la problemática. El joven corrió hacia ella, y encontró en su rostro pálido una última mirada. Una tabla se surf media rota yacía a pocos metros de distancia, como si fuera un segundo cadáver en la playa.
En aquellos instantes de angustia el joven sólo podía pensar en lo que habían hablado pocas horas antes, sobre lo que se suponía que iba a ocurrir esa noche entre ella y él; habían acordado entregarse el uno al otro, con ese profundo cariño que sentían y que ahora ya nunca podrían consumarlo.
El joven la miró fijamente por unos minutos más, sin emitir palabra, casi sin respirar, sin comprender del todo aquella escena que se estaba filtrando por sus ojos. Un terror frío se apoderó de él: ¿qué le diría a los padres de la problemática? Cuando finalmente despegó la mirada del piso, vio una sombra agitándose a pocos metros de distancia. Era la silueta del excéntrico, quien con la cabeza alzada hacia el sol se columpiaba sobre la arena abrazando sus rodillas. El joven se acercó a su amigo para exigir una explicación, para tratar de comprender lo que había sucedido, pero el excéntrico tenía sobre su rostro la mirada perdida de alguien que ha visto algo que no quería ver. Ante sus preguntas, el excéntrico tan sólo sonrió, con una sonrisa triste, desconectada del mundo que lo rodeaba. El excéntrico no volvió hablar nunca más en su vida.
Había vuelto a pasar. El joven se supo acechado nuevamente por la tragedia, por la irrevocabilidad de la muerte. Fue la tercera ocasión en que el joven perdía a un ser querido; el cuarto, nunca saldría del manicomio.
Transcurre una larga noche. El hombre barbudo entra en trance, un fuego interior le carcome el estómago todas las mañanas. Se toma una larga ducha mientras la joven amante le prepara un suculento desayuno. Tras terminarse sus huevos rancheros, el barbudo concluye su rutina matutina calificando los últimos exámenes que le hizo a sus alumnos la semana anterior. El barbudo es profesor de Historia Romana en la universidad donde él mismo estudió. Por las tardes está cursando la maestría en Letras Clásicas. Ha dejado de consumir drogas a excepción de mariguana. Dice que es la única sustancia que lo relaja y no interfiere con sus responsabilidades diarias. Se sabe un hombre exitoso, a fin de cuentas.
Es fin de mes, y sabe que es momento de darse una vuelta por el hospital psiquiátrico. Al menos una vez al mes acude a visitar al excéntrico. El barbudo mantiene la esperanza, quizás absurda, de que quizás alguna vez su amigo pueda responder esa simple pregunta que todavía lo consume por dentro: ¿Qué ocurrió esa noche? El barbudo aún se cuestiona si fue el alcohol lo que hizo que la problemática actuara tan absurdamente, y le obsesiona saber qué fue exactamente lo que vio el excéntrico. En el fondo, sin embargo, sabe que nunca obtendrá la respuesta, pues el excéntrico no ha dicho una sola palabra tras la turbante experiencia en las costas de Oaxaca. Siendo así, esta visita, como todas, le resulta al barbudo una esperanza caída, que cede rápidamente a la tristeza. Al salir del hospital, decide regresar al hogar de su amante. Quiere fumar mariguana, y tal vez tener sexo, para desaparecer el amargo recuerdo que siempre le viene después de visitar a quien fuera su primer y quizás único amigo.
Al regresar al hogar de la amante, encuentra a la joven llorando, solitaria, mirando por el balcón en dirección al centro de la ciudad. A lo lejos se alcanza a ver el Ángel de la Independencia: es uno de esos días raros en que la ciudad no está contaminada. Ciudad triste, ciudad asesina. El barbudo trata de besar a la joven, pero ella lo rechaza con un dejo de tristeza. “¿Qué pasa?” pregunta él. La joven le informa que su madre ha muerto. Sufrió un paro cardiaco, no había nadie más en la casa, y no fue hasta la noche cuando el padre de la amante la encontró tirada sobre el piso de la cocina. El barbudo la abraza tiernamente.
Más que nunca antes, se siente identificado con ella, con su dolor. Es por ello que decide compartirle, en ese momento de sufrimiento mutuo, una parte de su propio pasado. La joven se acuesta en su cama, no intenta comprender al mundo, y deja que el hombre enamorado la abrace por atrás hasta que ambos se quedan dormidos.
El barbudo sale de casa de la amante para acudir a su clase de las tres, con su mochila al hombro y dentro de ella los exámenes ya calificados. Está un tanto decepcionado, porque varios de sus alumnos reprobaron el examen. Tras bajarse del taxi, camina las cuadras restantes hacia la facultad. En el trayecto observa a un anciano que le parece conocido, discutiendo en la terraza de una cafetería. Al obsérvalo detenidamente, corrobora que se trata del Tío testarudo, su criador. No se veían desde aquella vez que regresó de Oaxaca, cuando el testarudo lo culpó de la muerte de la problemática. El barbudo decide acercase para hablar con él. El Tío se nota envejecido, pero en esencia sigue siendo el mismo testarudo de siempre.
El Tío le comenta que ya tiene familia, que poco después de su separación decidió vender lo que tenía y viajar por el mundo. Después se casó y procreó dos hijas.
Lamentablemente, su esposa murió hace un par de años tras una larga y devastadora lucha contra un cáncer de estómago.
El barbudo aprovecha ese encuentro fortuito para perdonar a su Tío y agradecerle por todo lo que tuvo que soportar durante su agitada pubertad. El testarudo lo mira fijamente, con una mirada que el barbudo nunca había visto en él, y tras balbucear algunas palabras se despide con un abrazo tierno, de padre a hijo.
El pequeño le sonríe a su madre. Es su cumpleaños y espera con ansias los varios regalos que le esperan. Su madre le da un beso en la frente y le dice que su padre ya está esperándolos en casa. Otros niños corren en el parque, mientras el pequeño va con el vendedor ambulante para comprar unos cohetes y palomas que todo niño puede pasarse horas detonando. Después del parque van a la casa a partir el pastel, cantarle las mañanitas, y abrir los regalos. El pequeño quiere que su día nunca termine, el niño es feliz.
Cuando todos se van, la madre empieza a recoger el regadero dejado por los otros niños. Se toma su tiempo, y sus pensamientos empiezan a iluminarse al pensar en el futuro de su indefenso hijo. Una sonrisa le ilumina el rostro al mirar por la ventana a su hijo y al padre alegre jugando en el establo con un balón que le obsequiaron esa misma tarde. En ese momento recuerda una frase que le dijo el padre al pequeño, justo después de soplar las velas del pastel: “Hijo, te podrán dar todos los regalos del mundo, pero nunca olvides que el mejor regalo es una sonrisa”.
Suena el timbre. La madre, con puritana inocencia, abre la puerta, y concede con ello la entrada a su hogar a un personaje demoniaco, la resucitación pura de Lucifer. La madre intenta gritar, pero nadie a su alrededor la escucha. El asesino, con fuerza salvaje, se impone a la madre mientras ella se resigna con absoluta impotencia bajo la fría mirada del oscuro ser. Haciendo acopio de todo su valor, la madre consigue susurrar unas últimas palabras al oído de aquel abominable ser: “Al pequeño no le hagas nada”. De alguna extraña manera, ella sabe de antemano lo que está a punto de suceder. El hombre decide cumplir el último deseo de la bella mujer: un cierto nivel de moral todavía habita en el subconsciente del asesino.
La problemática le sonreía al joven puberto. Era la cuarta vez que se encontraban a solas; la segunda que ella le entregaba sus labios. El joven siempre se sentía nervioso cuando estaba solo con ella. En esa ocasión, ella confesó que le entregaría su virginidad sólo a una persona en quien confiara plenamente. Él lo quería hacer ahí mismo, sin tantas complicaciones, tal vez para ser de los primeros de su clase en hacerlo, y también porque sentía un cariño muy especial por la hermosa joven problemática. Ella siempre vio en él cosas que nadie más veía. Acto seguido ella le dio un beso, sin cuestionarse más a sí misma. Siguieron unos cuantos minutos de inocente toqueteo. El joven se sentía nervioso, sabía que aquél era uno de los pocos momentos de felicidad que había experimentado en su hasta entonces trágica vida. Este pensamiento acrecentó su confianza en sí mismo, y gracias a ello se atrevió a desabotonar el pantalón de mezclilla de la joven. Fue a lo más que llegaron. Después de aquel arrebato ella supo que sería él, el joven, a quien le entregaría pronto su virginidad, al que recordaría por el resto de su vida, sin saber el trágico destino que la estaba esperando en el viaje que realizarían pocos días después.
Transcurrió mucho tiempo antes de que el joven perdiera al fin su virginidad. Él no lograba encontrar en otra mujer lo que había construido con la problemática. Ninguna otra chica tenía esa forma tan propia de ver la vida, a la vez tan tierna e intelectual, tan independiente. Antes que amante, la problemática era, fue, su mejor amiga.
La madre cae al piso cuando el intruso la golpea en la cara. La sangre se derrama sobre un cuadro al lado de la escalera. Ella no puede gritar, porque el agresor cortó sus cuerdas bucales, y la sangre que emana de su boca está por asfixiarla. El padre y el niño no escuchan nada, siguen jugando sin tener la menor idea de la desgracia que está ocurriendo en el interior de la casa. El asesino forcejea para desnudar a la mujer: la sangre lo provoca cada vez más. Ella intenta ponerse de pie, y su sangre recorre ya los pasillos del no tan pequeño hogar. El asesino extrae de su abrigo un utensilio, un objeto similar a un bisturí pero más grande, y con él logra rebanarle un talón de Aquiles a la madre. El tendón se desprende del pie, pero ni un solo grito sale de la boca de la mujer, quien se desvanece sobre el piso, ya deseosa de muerte con tal de parar tal sufrimiento. El asesino sonríe al verla estática. El intruso recoge del suelo el cuerpo aún con vida de la mujer y la lleva al segundo piso de la casa. Entra en la recamara del niño con la mujer en sus brazos, la echa sobre la cama y la penetra sin moral alguna. Ella ya no puede luchar ni resistirse, ha perdido demasiada sangre. Ella tan sólo cierra los ojos y unas lágrimas resbalan por su rostro al saber corrompida su mayor intimidad.
Al finalizar, el violador está agotado, mientras el cuerpo ensangrentado de la mujer yace inmóvil, pero aún con vida, sobre la cama del niño. El hombre camina unos cuantos pasos hacia la ventana, y observa que el padre y el pequeño han terminado de jugar. El padre levanta al hijo y le da un beso en el cachete, sin saber que sería el último beso que podría darle antes de que su vida le fuera arrebatada. El asesino los mira tranquilamente desde la ventana; atrás de él, una mujer respira lentamente, su muerte ya es inevitable.
El excéntrico encendió la pipa, le dio dos fumadas y se la pasó al joven, quien gustoso le dio una bocanada amplia. El mechero empezó a parpadear: necesitaba más gasolina.
Estaban en casa del excéntrico, definiendo el itinerario del viaje. El excéntrico había comprado unos mapas de Oaxaca y Chiapas, y decía que el resto del trayecto hasta Cancún lo conocía de memoria. Luego se tomaron unas cervezas y acordaron ir a una tocada el jueves siguiente. El hermano del excéntrico tocaba en una de las bandas, y les consiguió unos boletos gratis para la tocada. Ya empezaba a atardecer. Mientras esperaban la llegada de la problemática, el excéntrico le confesó al joven que estaba enamorado de ella. El joven solamente bajó la mirada, y sintió una tristeza que le pegaba en el fondo de su ser: se había prometido nunca lastimar a su amigo. El joven no supo qué decir, y permaneció en absoluto silencio. Afortunadamente, a los dos minutos llegó la problemática.
El día anterior a la tocada, el excéntrico y el joven quedaron de verse en el jardín escultórico de la universidad nacional, el lugar preferido de ambos para fumar mariguana.
El joven se había retrasado, puesto que tuvo que ayudar al Tío testarudo con algunos pendientes. El excéntrico ya llevaba medio porro fumado para cuando arribó el joven.
Después se liaron otro cigarro, y se quedaron hablando toda la tarde sobre la existencia del ser y la manipulación de las concepciones religiosas. Saliendo de ahí, se fueron al bar de siempre en Coyoacán para ver un partido de futbol, su pasión por ese popular deporte era algo más que compartían. Aquella noche, entre varias cervezas, repasaron los mejores momentos de su ya larga amistad.
Es una tarde lluviosa en el hermoso puerto de Acapulco. Las gotas que caen del grisáceo cielo se impactan en la arena y alteran los patrones ondulados producidos por el viento que llega del Pacífico. El barbudo y su amante están en el departamento que él adquirió años atrás en la zona del Revolcadero, frente al mar abierto, región que fue arrancada a los antiguos pescadores locales para levantar una blanca masa de concreto acorde con el concepto minimalista de principios del siglo XXI. Aunque no lo parece, dada su forma simple y desaliñada de vestir, el hombre barbudo siempre ha mantenido una buena economía gracias a los bienes heredados de sus padres, en especial la muy redituable cadena de hoteles en la Riviera Maya y unos cuantos terrenos de alta plusvalía. Es por esto que el barbudo ha podido disponer de su tiempo para viajar constantemente y dedicarse de lleno a su pasión y profesión: la historia.
Ha sido una semana agradable para ambos. Prácticamente no han salido del departamento más que para ir a la playa, tomar el sol y darse un chapuzón en la alberca.
Sólo en una ocasión dejaron el condominio para ir a Barra Vieja a deleitarse con un sabroso pescado a la talla. Sin embargo, por las noches el barbudo no ha podido escapar de sus pesadillas, no logra desligarse de tan asqueroso recuerdo.
La tarde se ha despejado y el barbudo le pide a su amante que vaya al supermercado para hacer las compras de la semana siguiente, mientras él irá con su viejo conocido de la playa, el lanchero que siempre le proporciona la mejor hierba disponible en el puerto. En cuanto la amante sale del departamento, el barbudo se apresura para ir por la marihuana y volver a tiempo para sorprender a su amante con una cena romántica sobre la playa, con la arena como suelo y el cielo como techo, al amparo de la luz blanca de la luna llena. El barbudo es un buen cocinero y logra producir velozmente una deliciosa comida en tres tiempos.
Con todo listo para la cena, el barbudo sube al departamento para revelarle la sorpresa a su amante. Sin embargo, al abrir la puerta lo primero que ve es el cuerpo de la mujer, tirada sobre el piso; las manchas de sangre ya impregnadas en la duela delatan que fue arrastrada por la sala de estar. El hombre observa el cuerpo de su amante con frialdad, está casi acostumbrado a las tragedias que parecen perseguirlo desde su temprana infancia.
Ni una sola lágrima sale de sus incoloros ojos. El departamento está desordenado, con ropa desperdigada por el piso, faltan bastantes cosas. Todo indica que la mujer se resistió al asalto, a costa de su propia vida. Nunca pensó que la perdería tan pronto, tan trágicamente, por la avaricia de algún imbécil. El barbudo entra en la habitación y corrobora que la caja fuerte ya no está, pero al menos no se llevaron el dinero escondido bajo la cama. El barbudo se guarda los fajos de billetes, sale del cuarto y mira por última vez el cuerpo inmóvil de su amada mujer, y piensa brevemente cómo esa misma noche tenía pensado proponerle un cambio de vida.
Toma las llaves del coche y sale del departamento sin mirar atrás. Baja por las escaleras hasta la planta baja, no le gusta tomar el elevador en situaciones críticas. Sus manos tiemblan al tratar de abrir la puerta del auto. El barbudo respira profundamente antes de encender el motor: quiere regresar cuanto antes a la ciudad, quiere ir al manicomio, quiere ver a su único amigo.
El Tío testarudo colocó sobre la mesa un plato de arroz rojo con carne a la mexicana. Unos minutos antes habían degustado una sopa de tortilla que el Tío solía preparar con virtuoso sazón, y una jarra de agua de tamarindo que les había refrescado la garganta. El pequeño disfrutaba siempre de la culinaria virtud del testarudo, pero no le otorgaba nunca ni siquiera una mueca de agradecimiento. El pequeño guardaba un resentimiento evidente hacia aquel hombre testarudo.
El hombre no culpaba al pequeño, pues comprendía las consecuencias irreparables que la tragedia había provocado en él. Por eso mismo siempre cumplió como mejor pudo con la responsabilidad auto impuesta de sacar adelante al pequeño huérfano. Él era un hombre solitario, nunca había buscado formar una familia, pero el destino quiso poner en su camino a este pequeño sobrino por el cual terminó desarrollando un amor casi paternal, aunque nunca correspondido. Siempre intentó hacer del pequeño un niño inteligente, un escéptico por excelencia. Todas las tardes jugaban ajedrez y charlaban sobre los libros que el Tío le regalaba al pequeño.
Conforme fueron pasando los años el hombre también se tomó el tiempo para llevar al niño a conocer las zonas aledañas de la ciudad, las zonas boscosas, así como las playas recónditas de Guerrero. Fue en esos años de incertidumbre cuando el pequeño fue desarrollando su amor por los viajes. Le gustaba salir de la ciudad y aprender a disfrutar del silencio y la soledad que había fuera de ella. Con el tiempo, escapar de la ciudad se convirtió en una necesaria costumbre. Aquella preciosa soledad que encontraba lejos del caos citadino era el único remedio eficaz para aplacar el insomnio corrosivo que lo consumía cada noche.
Unos días después de lo ocurrido en la costa, el joven acudió a la iglesia donde se estaba llevando a cabo el velorio de la problemática. Sabía que todos los ojos en el templo lo miraban fijamente, lo juzgaban en silencio. Sólo dos pares de ojos se mantenían fijos hacia el suelo: los padres de la problemática que no tenían palabras para explicar su dolor. El joven no se atrevía a mirarlos, y mucho menos a acercarse para consolarlos: sabía que él siempre sería visto como el culpable de aquella tragedia que le arrancó la vida a su joven hija. Durante aquellos días no dejaron de cuestionarlo sobre lo ocurrido en la playa, pero él nunca pudo recordar lo que sucedió esa noche en que su querida problemática perdió la vida. El joven sólo podía evocar el momento en que la vio tirada sobre la arena, inmóvil, con su cabello húmedo cubriendo la mirad de su rostro pálido.
Al salir de la iglesia sólo una persona se le acercó para abrazarlo: el hermano mayor del excéntrico. Mantuvieron una extensa plática, en la que el joven le describió nuevamente la forma extraña en que su hermano se había comportado, aquella risa inexplicable que lo había invadido antes de callarse para siempre. El hermano escuchó en silencio las palabras del joven. Al terminar su relato, el hermano le informó que el excéntrico había sido internado en un hospital psiquiátrico. Fue a partir de entonces que comenzaron las visitas mensuales al manicomio, con la vana esperanza de saber qué había ocurrido aquella trágica noche en la playa.
La vida del barbudo parece derrumbarse tras la muerte de su amante. Ahora más que nunca le resulta casi imposible encontrar una razón para seguir viviendo, y sus pensamientos se agotan día con día.
Por si fuera poco, unos días después de regresar a la ciudad tras lo ocurrido en Acapulco, recibe una llamada telefónica de parte del Ministerio Público: le informan que su Tío el testarudo murió la noche anterior, y dejó una carta dirigida para él. Al acudir al Ministerio Público, el barbudo habla con el policía encargado del caso de su Tío y recoge la carta. La lee una y otra vez, hasta memorizar su contenido.
En aquella última carta, su Tío le suplica que se haga cargo de la custodia de sus dos hijas. Le dice que no hay mejor persona en este mundo para educarlas, porque él es quien mejor conoce los valores que su Tío persiguió a lo largo de vida. El hombre no comprende las razones detrás de aquella sorpresiva petición de su Tío, y en un principio se considera incapaz de cuidar a dos pequeñas niñas que no conoce y a las cuales nunca ha visto. Se siente absolutamente confundido. Tan sólo unos minutos antes de leer la carta estaba pensando seriamente en terminar con su propia vida, y ahora tiene frente a sí la posibilidad de criar a dos hermosas niñas.
Antes de tomar una decisión tan importante, el barbudo emprende un último viaje al lugar donde comenzó su sufrimiento, la hacienda donde asesinaron a sus padres y a la cual nunca volvió después de aquel trágico episodio. Sabe que ha llegado el momento de enfrentar a sus demonios y resolver las dudas que consumen sus días y noches desde hace ya varios años.
Al llegar a la antigua hacienda la encuentra totalmente abandonada. La maleza se ha apropiado de gran parte de la muralla externa que rodea la casa principal, la cual también parece estar en ruinas. El barbudo siente escalofríos mientras camina en dirección al establo. Durante el breve trayecto le vienen a la cabeza memorias recónditas de su infancia, aquellos incontables y felices fines de semana transcurridos ahí en compañía de sus padres.
No puede evitar sentir asco y rencor hacia ese borracho sanguinario que asesinó a sus padres y que ahora ya camina libre por las calles. Al llegar al establo recuerda con dolorosa precisión la escena: su padre colgando desde el techo; su sangre resbalando por sus manos hacia el charco rojo sobre el suelo. No puede permanecer ni un minuto más en esa hacienda, y se va de ahí casi corriendo. Mientras enciende el coche observa por última vez el portón de entrada a la hacienda.
De regreso a la ciudad no puede dejar de pensar en lo que acaba de ocurrir. En el fondo sabe que esta dolorosa experiencia no ha servido en lo más mínimo para liberarlo del sentimiento de culpa que lo persigue desde su infancia. Pasando la caseta de cobro se detiene en una tienda para comprar un café americano y fumarse un cigarro. Mientras espera a que le entreguen su café, su mirada recae en un mapa de Oaxaca que está pegado sobre una de las paredes de la tienda. Sobre el mapa encuentra sin dificultad el pueblito de San José del Pacífico, y con ello le vienen a la mente otros recuerdos agridulces de aquel viaje de su juventud, donde al menos por algunos instantes conoció la felicidad. El barbudo decide no regresar a la ciudad.
El barbudo sabe que experimentar con hongos mágicos puede ser arriesgado en momentos de inestabilidad emocional. Sabe que de consumirlos podría hundirse aún más en sus demonios, aunque también existe la posibilidad de que la sustancia divina le permita al fin liberarse del mal que lo aqueja. El barbudo decide arriesgarse, porque piensa que sólo platicando con los dioses podrá reconciliarse con la vida.
En su viaje de hongos, los dioses le revelan al barbudo su verdad: que los seres humanos debemos hermanarnos como una misma especie y no matarnos entre nosotros mismos por fundamentalismos o radicalismos; que debemos abrazarnos y sonreírnos en lugar de tratarnos como rivales; que debemos visitar cada lugar de la Tierra, cada mar, cada montaña, y conocer cómo fue que llegamos a conquistarla; reconocer que el cielo y el infierno están aquí, en nuestras vidas. Nunca sabremos qué hay después de la muerte, pero el planeta y la supervivencia de la especie y de los demás seres vivos son razones suficientes para vivir, por el simple hecho de gozar la belleza que hay en cada rincón de este mundo lleno de colores. Hoy nos asombramos de las maravillas de las antiguas civilizaciones ¿pero por qué no construir nuestras propias maravillas, por qué no llevar el conocimiento a cada ser de nuestro planeta? ¿Por qué dejar morir de sed y hambre a nuestros hermanos? El hombre se ha convertido en Dios, o en realidad siempre lo fue.
El barbudo sonríe mientras unas lagrimas de felicidad caen sobre sus coloradas mejillas: por fin se ha enfrentado a sus miedos y culpas, por fin ha matado a su antigua persona.
La vieja y sabia señora también está sonriendo: sólo ella reconoce en los ojos del barbudo un nuevo brillo de vida. La señora dice: “Hay muchas formas de conocimiento, la magia de las setas nos permiten reconocer la divinidad del hombre.” El barbudo se pone de pie para abrazarla y agradecerle por su bondad y sabiduría. Cuando se despiden, la anciana le entrega unas flores de colores. “Sólo tú ves estos colores: no olvides nunca la hermosa razón de estar vivo.” Diciembre de 2006.